Inicio»Teatro»Los demonios de Hemingway

Los demonios de Hemingway

José Tomás Angola comenta sobre la reconstrucción del famoso escritor norteamericano

5
Compartido
Pinterest URL Google+

Si este fin de semana se acerca a la Sala Humboldt del Centro Cultural del mismo nombre en San Bernardino, podrá verlo encarnando a uno de los monstruos de las letras norteamericanas Ernst “Papá” Hemingway, en la más reciente pieza de su autoría, dirigida por su mano. Ha sido antes VanGogh y el rey Salomón, en Girasoles de silencio y La favorita del rey, de Elizabeth Yrausquin. Mientras construye al personaje de Hemingway y ensaya esta nueva pieza, de seguro estará gestando otro proyecto: un nuevo libro de cuentos que se suma al conjunto de relatos La mirada del suicida al caer (2016) o quizá otro poemario que siga al artefacto literario Los Legajos del Márquez (2015). Lo que si revela es que pronto comenzará a dar clases en el proyecto de su colega el también autor, director y actor, Gerardo Blanco, Escénica: una escuela de teatro para formar profesionales de la escena en todas las áreas.

Si se revisa su producción dramática —unas 15 piezas— aparecen temáticas como la historia —Matria, 100 monólogos para re-crear el país desde los personajes femeninos—, la religiosidad en muchas de ellas —Josafat del desierto—, la muerte o el sexo in extremis —como en Dialogos de Auto, cama y Toilet

—Me interesan los dos grandes extremos de las pasiones humanas: el amor y la muerte. Traducidas en las pulsiones de eros y tanatos. Pero también explorar la espiritualidad de los personajes religiosos.  La manera en cómo se aproximan a la fe, la ficción como remedo de la realidad —asegura José Tomás Angola.

Lasallista y ucabista, Angola es un comunicador social que devino en escritor con pasantías en la Columbia University y residencias de escritura como la de Iowa. Se formó entre maestros,  frente a los cuales guarda inmensa gratitud.

¿Un autodidacta? Sí pero….

—Yo soy lo que llaman un autodidacta, con la ventaja enorme de haberme conseguido en el camino con muchos maestros que me cuidaron y me acunaron. El dramaturgo Alejandro Lasser, autor de piezas como Catón y Pilato o La cueva. Ese hombre que incluso agregó una nueva unidad a la triada aristotélica (situación, acción, tiempo) fue mi maestro en dramaturgia. Al maestro Lasser lo conocí mayor, a los ochenta años, cuando ya estaba un poco olvidado, pero seguía siendo un titán. Su obra dramatúrgica estaba en descenso. Más por edad que por otra cosa. Lo conocí por casualidad en el CELARG (Centro de Estudios Literarios Rómulo Gallegos) y me abrió su casa y su biblioteca. Intercambiamos materiales. Nos leíamos y nos corregíamos los textos. Él fue muy importante en el ámbito de la dramaturgia. Lasser pertenece a esa generación de escritores venezolanos de los años 50, que indagaron en la dramaturgia junto a Arturo Uslar Pietri, Guillermo Meneses, Ramón Díaz Sánchez e hicieron de la escena un lienzo histórico.

Un comienzo en la casa de Gallegos

—Entré al mundo de la escritura en el CELARG como asistente de Gustavo Díaz Solis, que fue uno de mis grandes papás en el mundo de la literatura, fue un caballero, gentil y pacient. Yo era un absoluto imbécil intentando escribir cosas que de seguro eran malas y él, que ya había recibido el Premio Nacional de Literatura, era uno de los más grandes narradores del siglo XX y tenía la gentileza y la paciencia de revisar las pazjuatadas que yo escribía. Otro maestro fue Javier Vidal. Fue mi profesor en la Cátedra de Radio en la Universidad Católica Andrés Bello en Comunicación Social  y entre los trabajos que nos mandaba yo siempre coleaba monólogos, guiones de radioteatro.  Me leía con interés y me hacía observaciones. Me criticaba, hizo un trabajo serio y generoso de seguimiento de las piezas que yo escribía.

—Debo mencionar también a Eduardo Casanova, narrador y ensayista. En los años 60, escribió a cuatro manos la obra Barrabasalia, junto a Arturo Uslar Brown, que dirigió Guillermo Montiel, un director de los años 60 en la época de Teatro Triángulo.

Angola llegó a la práctica teatral de la mano de Gerardo Blanco, a quien considera un gran mentor. Fundador y director del Grupo Bagazos, Blanco, con quien comenzó actuando, fue “el primero en atreverse a estrenar una pieza mía, que además tuve la pretensión de dirigir”. Lo asistió en la pieza de Edilio Peña,  El círculo, y después le dio la oportunidad de dirigir.

La pieza que estrenó a Angola como dramaturgo fue Los seres sobre las camas que le permitió, según sus propias palabras, ver sus errores. Luego estrenó Las Cartas de Gabriel. A partir de ahí y con su grupo La Máquina Teatro fue construyendo su voz autoral y su sello escénico. Ha sido representado en España, Colombia y Estados Unidos. Y ha obtenido reconocimientos como el Premio Municipal de Teatro (2001).

Cabe recordar que El Grupo Bagazos, con más de 35 años de trayectoria, dentro y fuera del país, nació como un proyecto pedagógico de la escuela El Ángel. Ese trabajo trascendió el sentido inicial hasta convertirse en una escuela. De allí salió gente como Valentina Sánchez, una gran profesional de la iluminación; Moises Guevara, el gestor cultural y director; y la escritora Monica Montañez, entre otros.

Agradece también a Carlos Angola, primo hermano de su padre, un cineasta y escritor de televisión:

—Me abrió las puerta del teatro español, lo llamo mi primo abuelo. Estudió allá, en España, donde tenía una visión muy diferente, del teatro. Una rara avis, venía con esa disciplina del grupo de teatro europeo pre-grotowski, una escuela más rigurosa del teatro clásico. Tuve la oportunidad de dirigir a Rafael Briceño en la Fundación Vicente Emilio Sojo, en un espectáculo de teatro grabado para la radio, sobre vidas de músicos venezolanos. Dirigí también a América Alonso, a Pedro Marthan, a Aura Rivas por ejemplo. Me afilié a múltipes personas con gran peso y experiencia y eso es imposible que no te forme.

—No tuve una metodología específica que me haya acercado al teatro —continúa Angola—.  Indagaba en lo que me interesaba y hacía mis seminarios, un día me dio la locura de Piscator.

El teatro como apuesta personal

Es un hombre de teatro en toda la extensión. Dramaturgo, actor, director, productor. Le interesa desentrañar el concepto que subyace en el texto dramático, aportar una lectura de esa letra muerta. Animar “los fantasmas literarios”, al decir de Genet, que cobran vida en el cuerpo del actor. Le resulta apasionante apropiarse de tecnologías poco exploradas en Venezuela e incluso en geografías donde el teatro de arte puede respirar a sus anchas, como el video mapping, la proyección estereoscópica y la escenografía virtual, en función de enriquecer la experiencia del espectador, más allá del goce escénico. El rapto. Brindarle una vivencia orgánica no pasiva.  A la manera de Gordon Craig con el teatro total, sin prescindir de la premisa Artaudiana: “la mortificación de los sentidos”.

Angola Papá Hemingway

Para el personaje de Ernest “Papá” Hemingway engordó unos 8 kilos. Construye una humanidad que por momentos logra que el teatro imite a la vida, si es que Hemingway con su pose de macho invencible, de hombre duro y recio, fue real. “El enigma Hemingway”, como lo llama Angola. En la pieza, juega a convertirlo en un espectador de su propia obra y toma para ello la novela emblemática Por quien doblan las campanas pero también se da una zambullida en su imaginario de sangre, animales salvajes y muerte. “Un suicida perenne”, lo llama. Un tema que dice interesarle y que encuentra resonancia en su obra cuentística y su poética.

Hay dos momentos en la obra. Por un lado, recupera la estancia del autor en Cuba, en Finca Vigía, Cojimar, hacia las afueras de La Habana, con sus muchos gatos, demasiados, que no aparecen en la obra, sus máquinas de escribir por toda la casa —escribía hasta de pie, en su época de esplendor creativo—, apenas a un año del triunfo de la revolución. Es un momento de cansancio, bloqueo y profunda angustia existencial. En otro momento, Angola recrea la pesadilla de Hemingway, quien se ve atormentado por el destino que le da a Robert Jordan y a María, en Por quien doblan las campanas.

Nos queda la imagen de su impotencia para escribir una sola letra, la dipsomanía extrema que habitó. Lo observamos caminando por el filo de la navaja y con una angustia —recién descubierta por los biógrafos— por su identidad sexual. Aunque este último no es el tema de la obra de Angola, aparece orbitando, haciendo un guiño, en la figura de una madre castradora y severa, que vestía de niña a su hijo varón.  También asistimos a su búsqueda desesperada del amor como un pez que se le escurre entre las manos una y otra vez. Ficcion y realidad se entrecruzan en una pieza de extraordinaria complejidad técnica que trae a escena esas grandes producciones del cine de los años 50 en un escenario minimalista. Aquí Andrea Miartus, una interesante y bella actriz, se desdobla o se replica en el papel de Mary Hemngway, la ultima esposa y viuda de Hemingway, y la bella María, de 40 y 18 años de edad:

—Esta replicación de personalidades —asevera Angola—, construida desde la diferenciación interna y externa de los personajes, es parte del juego que propongo entre realidad y ficción que me interesa revisar como dramaturgo. 

Finalmente José Manuel Vieira, actor y locutor, premio Municipal de teatro, representa al portentoso Robert Jordan y completa el cuadro actoral de una desafiante y atrevida pieza del teatro venezolano contemporáneo.

Seis meses de ensayos para fueron necesarios para crear una partitura escénica en la que Angola, corifeo, estuvo acompañado por un equipo que se sumó a la apuesta con afecto y dedicación. Destacan los nombres de José Martínez, como creador multimedia; y Freddy Belisario, un maestro de las tablas venezolanas, diseñador de la escenografía. Frente a la concepción del vestuario está Fabiola Neri. La asistencia de dirección es de Elizabeth Yrausquín, también dramaturga, directora de arte y artista plástico. El diseño de iluminación es de Manuel Troconis con quien Angola ya ha recorrido un trayecto de cuatro años. Finalmente, frente a la Producción General, está Carlos Silva, actor y gerente cultural venezolano de larga trayectoria, ex-director de La Casa del Artista. Su grupo la Máquina Teatro y Asklepion se suman a esta superproducción que bautiza el 2018 con buenos augurios.

¿La vida de Hemingway ahora?

El interés por Hemingway parte del niño que fue y al que mudaron a vivir a una biblioteca donde se apoderó y leyó todos los libros que acompañaban sus noches. Hemingway estaba allí con sus cuentos de corto aliento y alto impacto. Por sus ojos pasaron Adios a las armas y, la que quedó resonando, Por quien doblan las campanas.

—Hemingway siempre ha sido una figura fascinante para mí —declaró en una entrevista a Hernán Colmenares—. Un autor atormentado por demonios de su niñez, que siempre quiso hacer de su propia vida, su mejor obra. El hecho de que hubiese pasado toda su existencia demostrando lo valiente y rudo que era, solo ocultaba lo cobarde y débil que se sentía. En sus novelas, el protagonista masculino siempre es una suerte de alter ego de él mismo haciendo lo que él nunca hizo: inmolarse por un ideal en la guerra civil española, como en Por quién doblan las campanas. O luchar estoicamente contra la vejez y la muerte, simbolizado por aquel enorme pez, en El viejo y el mar. Hemingway, más allá de su estampa, es un enigma.

—Por quien doblan las campanas —continúa— es una novela cuyo argumento se parece mucho a la actual coyuntura del país. A su presente agónico. Aunque en la obra no hay ni usa sola alusión a Venezuela.

Inevitable inquietud. El estado del teatro venezolano actual

A la pregunta sobre la actual coyuntura del teatro venezolano, responde ponderado. Es un hombre de la tribu del teatro, aun cuando se considere un outsider que defiende y practica el teatro de arte:

—El teatro venezolano está modelado por el momento de crisis . Hace lo que se puede y como se puede. La dramaturgia a veces logra medio ver. Es decir que, al privar la sobrevivencia, lo que predomina en la oferta en general es el teatro de corte comercial. Se han reducido los espacios donde se desarrollaba la investigación y la experimentación.

The End: cuando pase la tormenta

El sinsentido de la guerra, el fracaso de una revolución que deshumaniza, la mentira como la verdad más eficiente y el poder como acto de predistigitación que permiten hasta ganar un concurso de pesca de Aguja. La insularidad, el agua es la fuerza del inconsciente que se arroja sobre esa humanidad gigantesca de uno de los grandes de la literatura occidental a manera de tormenta. El espejeo de la vida en el arte y la literatura como espacio de libertad. El amor como única posibilidad de salvación. Eros intentando vencer a Tánatos, por un rato. Ese es el desafío de los sentidos que propone Angola en su nueva obra, Ningún hombre es una isla, que se estará presentado por dos fines de semana: sábado y domingo a las 4:00 pm en la Sala Humboldt de la Asociacion Cultural Humboldt.