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Los vecinos de arriba: la ruidosa ostentación del vacío

¿Cuán inauténticos somos con nosotros mismos? Esta es una de las interrogantes que despierta " Los vecinos de arriba" en el espectador y que Maria Carolina García comenta en su artículo de opinión.

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Trasnocho Cultural dio la bienvenida, con bombos y platillos, al más reciente montaje de Consuelo Trum, Los vecinos de arriba. Esta es la ópera prima, para el teatro, del catalán Cesc Gay. Este autor es más conocido por su trabajo cinematográfico del que traslada a escena el interés por mostrar el entramado íntimo de unas vidas cruzadas.

 

Las carismáticas Natalia Morlacci y Marielena González junto a, los talentosos, Antonio Delli y Agustín Segnini dan vida a las parejas que conducen la acción dramática de esta comedia hilarante y reflexiva. El espectáculo presentado en un dispositivo escénico realista recrea el interior de un apartamento que tiene una enorme ventana sin cortinas. Aunque los personajes suelen estar juntos en el salón, hay momentos en los que ocurren desplazamientos hacia el interior, lo cual habla de la importancia de los espacios latentes en el concepto escénico y dramático.

Antonio Delli y Natalia Morlacci conforman una pareja que tiene varios años de casados y la rutina ha hecho mella en ellos. Viven en un edificio y justo, en el apartamento de arriba se han mudado unos particulares vecinos, interpretados por Marielena González y Agustín Segnini. La acción inicia cuando Delli y Morlacci los reciben en su casa. En esa visita esperada/inesperada, se tratarán temas en torno al amor, la vida en común y las múltiples formas de abordar la sexualidad por parte de las parejas.

En el ensayo de la obra  y foto cortesía de Prensa Trasnocho Cultural, los actores, Marielena González, Agustín Segnini, Antonio Delli y Natalia Morlacci interpretan la crisis de un matrimonio y su propia existencia

Julio, personaje que interpreta Delli, es un hombre solitario, lleno de frustraciones que se enfrenta a la vida con una única arma, la ironía.  Ana, su esposa, intenta desesperadamente salir del hábito y la rutina, uno de estos intentos es precisamente hacer que estos vecinos vengan a casa. Entre ellos hay una necesidad de agredirse, es la forma en la que han llevado la coexistencia y la introducción de estos personajes hará posible que ese juego hiriente tenga un desenlace.

Antonio Delli es el protagonista de “Los vecinos de arriba” , un personaje irónico y lleno de frustraciones

Laura, el sexy personaje de Marielena González, es una psicóloga que tiene un tórrido romance con Salvador, un bombero. Estos dos seres limitan sus existencias a la exploración sensual y sexual. Entre ellos hay una permanente tensión erótica que será muy reveladora para el espectador, por ello he decidido nombrar esta reseña: la ostentación del vacío. En el tiempo de la representación vamos descubriendo que esa excesiva exhibición de su intimidad es un síntoma de las carencias.

 

En la rueda prensa que ofreció la producción de este montaje tuve la oportunidad de conversar con la directora, Consuelo Trum y las dos actrices, Marielena González y Natalia Morlacci. Las tres, ante la pregunta por la apuesta por la comedia, coincidieron en que es necesario gestar un espacio de desconexión frente a la realidad del país. En esto estoy de acuerdo con ellas porque quienes siguen esta columna saben perfectamente que me intereso por los temas y planteamientos que la escena propone al espectador. Esta es una comedia muy comercial pero no es lo suficientemente ligera como para pasar desapercibida. Además concordamos en algo, es necesario dejar de victimizar el rol de los hacedores de teatro o justificar la mediocridad y precariedad de la escena, con la expresión: al menos están haciendo algo. Esto no es suficiente, la búsqueda debe ser la calidad y  no, el por lo menos.

Consuelo Trum, la directora del montaje  ” Los vecinos de arriba” que llega a Caracas gracias a la Embajada de España , subraya en rueda de prensa,  que la calidad del teatro venezolano debe prevalecer e imponerse.  Foto: cortesía, elteatro.com

Los espectadores a la salida del teatro comentaban entre risas que la vida muchas veces es así, que se nos pasa el tiempo y no notamos lo que hemos dejado de lado, que por una razón desconocida la vida en pareja inicia como una aventura que promete mucho y luego nos vamos olvidando del rumbo que tenía ese viaje. Esas risas de pronto se tornaron melancólicas porque algunos salieron conmovidos por el final, que da un giro, no inesperado sino esperanzador, tal como lo exige la estructura dramática de la comedia tradicional.

Las actuaciones son las que sostienen y dan cuerpo al espectáculo, parece una obviedad pero no siempre es así. Todos tienen un desarrollo competente pero quisiera hacer énfasis en algunos asuntos, en particular sobre el personaje de Salvador llevado a cabo por Agustín Segnini. Este es un hombre completamente estéril, sin profundidad emocional o al menos, así lo hizo aparecer la interpretación del actor. Es interesante porque da la sensación de que su vacuidad es tan profunda que ni él mismo podría intuirlo, sobre todo al momento de dar lecciones sobre su manejo de las relaciones interpersonales con un limitado verbo que se reduce a chistes variados sobre el miembro viril. Él es, para mí, el vivo ejemplo del refrán que reza: Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. En esta frase se sintetiza la dinámica relacional en esa pareja de Salvador y Laura, su “open mind” modo de ser, no es más que la revelación de las inmensas inseguridades que se escudan tras un estilo de vida determinado, sea cual sea, porque etiquetarnos nos limita como individuos, aparta las posibilidades y parcela nuestro modo de aproximarnos y comprender el mundo. Frente a Julio y Ana, ellos no son mejores ni peores, simplemente no pueden establecer una relación intersubjetiva eficiente, no logran coincidir. Esto tal vez sea la pieza clave para restaurar o reinventar el mundo de Ana y Julio, intervenido deliberadamente, implosionado en cuestión de horas.

Me resultó sumamente interesante el hecho de que el eje de la acción y la dinámica del conflicto dependa de la determinante necedad de Salvador, un hombre acrítico y desinhibido. Creo que es un acierto del autor porque esa es la apuesta por despertar la conciencia del espectador, lo cual le permite evaluar cuál es su lugar frente a los otros, cuán dispuesto está a dejarse llevar por las apariencias o la necesidad de ser modernos, conservadores o necios. Sobre todo es una oportunidad para preguntarnos cuán inauténticos somos con nosotros mismos, hasta dónde somos capaces de sostener la máscara para sobrellevar lo público y lo privado.