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Ser mujeres es una decisión: “Manual para mujeres infames”

Esta pieza escrita por Karin Valecillos y dirigida por Luis Vicente González presenta la encrucijada amorosa de la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir. Ella tendrá que poner en práctica uno de los preceptos fundamentales del existencialismo, deberá ejercer su libertad, tendrá que decidir. La obra estará hasta el 10 de diciembre en Espacio Plural del Trasnocho Cultural

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El historiador y el poeta difieren en que el uno narra lo que sucedió

y el otro, lo que podría suceder.

Aristóteles, Poética

 Manual para mujeres infames constituye un pretexto para pensar la vida, el amor, las normas sociales… En fin, para hablar de nosotras las mujeres infames. Ahora bien ¿dónde reside la infamia de la mujer? Ésa es la respuesta que el personaje nos da durante los cincuenta minutos que dura la acción dramática.

No se trata de una pieza biográfica pero un evento de la vida de Simone de Beauvoir nos sirve como telón de fondo para reflexionar en torno a problemas que, a estas alturas del partido, deberían resultar ridículos pero, frente a la realidad en la que habitamos, ponen al relieve la pacatería de la sociedad francesa de entonces (y de la venezolana de ahora) con sus pretensiones de ser leal al espíritu de su tiempo pero exhibiéndose esperpéntica como una doña coronada reina de carnaval.

La sala Espacio Plural de Trasnocho Cultural abre sus puertas y al ingresar al área escénica me encuentro directamente con la figura de una Beauvoir desgarbada, buscando respuestas entre las páginas de El ser y la nada- obra capital de, su compañero, el filósofo existencialista Jean Paul Sartre-. La verdad no podría decir si en ese momento la acción había comenzado o si ella, simplemente, lucía hastiada de la cháchara interminable de los asistentes. Creo que la atmósfera que propuso González para la apertura, se diluyó frente a las deslumbrantes pantallas de los teléfonos inteligentes en manos de sus no tan aptos propietarios. Carla Müller, la bella intérprete en este monólogo, rompe su postura y nos invita a jugar. Entonces, la magia parece posible una vez que los celulares entran en reposo.

El aparato escénico está lleno de luz y color, ambos, elementos contrastantes con la situación dramática que presenta el texto. Imágenes enmarcadas pueblan el fondo del escenario en una gama de fucsias, naranjas, bermellones y amarillos. Ese despliegue de color me hizo pensar en las múltiples e infinitas tonalidades logradas por los impresionistas, tal vez a tenor de que todo ocurre en París.

Simone me llevo a pensar en la chica de El ajenjo, una pintura de Degas en la que una muchacha ahogada en alcohol y melancolía comparte la mesa con un hombre mientras, quizá, piense en otro. Allí está Simone de Beauvoir la feminista, la filósofa, la mujer brillante e inalcanzable preguntándose y/o preguntándonos, ¿Podemos ser felices?, ¿Podemos amar y ser libres a la vez?

“El ajenjo” de Edgar Degas

Ella presenta una interesante definición del amor que termina por declararla infame. El manual es simple, vive la vida como quieras. El problema está en que esa decisión será determinante en el curso de la existencia porque no se pueden recorrer dos caminos paralelos que conduzcan al mismo sitio o eso es lo que ella piensa. El detonante de la duda es que una carta, una simple carta que la hace tambalear y replantearse su condición de mujer, que es como las demás pero distinta.

Sartre es el hombre que la condujo a su autorreconocimiento, Nelson Algren el hombre que le desmontó el aparato crítico-intelectual para hacerla entrar en sus esferas telúricas. Allí está la disyuntiva, el amor por necesidad o al amor por amar. Son esos dos hombres los únicos que la conocen verdaderamente. Ella se sabe en la incomprensión de sus pares, se siente juzgada y cuestionada por quienes jamás han leído uno de sus libros y se creen con derecho a entrometerse en su vida, en sus modos de ser, en el whiskey que bebe o en los hombres y mujeres que desfilaron por su alcoba sin pena ni gloria.

El personaje insiste en la necesidad de desmantelar el necio hábito de catalogar entre las virtudes femeninas la belleza, reservando la fealdad y el intelecto a los hombres. Una dura crítica a un país que se desvela por las reinas de belleza y que bajo el slogan “el país de las mujeres bellas” hace de la vida de las menos agraciadas un calvario.

Simone estuvo determinada a demostrarle al mundo que las mujeres podemos ir más allá de un rol asignado por los hombres de nuestra vida, por ello esgrime: “Uno no nace mujer, uno decide ser mujer. Uno no nace mujer, uno se convierte en mujer”. Ella transformada en su rol público como la mujer dispuesta a romper los esquemas, secretamente tiene la aspiración de convertirse en Eva, María, Julieta, Lady Macbeth o Madame Bovary ¿Irónico o Natural?

Dentro del concepto de puesta en escena figura un elemento interesante, un marco vacío al que ingresa en dos momentos cruciales de la acción dramática. La primera vez, cuando comienza a despojarse de algunas prendas que podrían considerarse accesorios para alimentar la vanidad femenina o prisiones que le impone la sociedad a una mujer para ostentar su condición. Hacia el final, ella recoge esos trozos, pequeñas piezas de sus batallas, los junta y sin más vuelve a entrar en el marco. La carta quedó en la mesa y la reconstrucción del personaje terminó acompañada por La náusea  de Sartre. La luz se desvanece y puebla la oscuridad al escenario pero aún brilla el palpitante latir del corazón de Beauvoir  ¿Ese sentirse en-marcada en un rol terminó por vencerla? ¿Simone de Beauvoir se limitó al marco que la sociedad le dio?

Finalmente ¿está usted en capacidad de reconocerse como una mujer infame?

 

 

 

 

 

 

 

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