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Maria Cristina Lozada: Más viva que nunca

Una de las más notables y premiadas artistas venezolanas revive junto a Yoyiana Ahumada episodios esenciales de su vida y hasta su obra más reciente; una novela que se llama La Zorra

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Si uno va al cine podrá verla en Más vivos que nunca,  el más reciente filme de Alfredo Anzola, en un tributo a la idea de que la vida no se acaba con la vejez. Si por el contrario, va al teatro Trasnocho puede que la haya visto en la obra Terror o más recientemente en la reposición de  Cartas de Amor – que estrenó hace 26 años en el antiguo teatro CorpBanca del cual fue también asesora- hoy  Centro Cultural BOD.  Está en las tablas,  en el cine, y hasta en lo que queda de la industria de la televisión nacional privada.  Está en toda tribuna expresiva donde quepa un caudal de talento y profesionalismo. Desde hace un largo tiempo escribe. Especula uno, que al haber sido inspiración de dramaturgos como José Ignacio Cabrujas, José Gabriel Núñez o Fausto Verdial, terminó por contagiarse de esa necesidad de convertir en pulso dramático las historias que la impactan o sobre las que quiere pensar en voz alta. Escribe sobre mujeres y no solo teatro. Es María Cristina Lozada.

–¿De dónde salió esa necesidad de escribir?

–Es una inspiración tardía. Acumulativa.

–Me gustan las heroínas. Me chocan las mártires— espeta con toda la convicción — y Juana Azurduy lo es. La Zorra, que es como se llama, la escribí hace un tiempo-

La Zorra no es teatro. Es una novela. Una  saga inspirada en la Azurduy. “Siempre me interesó contar la historia de las heroínas de América Latina. Esas mujeres que participaron activamente en la guerra de independencia, y de las cuales nadie habla ¿Sabes quién fue Juana Azurduy?- alguien pregunta- Uno asiente y sonríe al recordar la estrofa de la canción de Mercedes Sosa:  Juana Azurduy flor del Alto Perú, no hay otro capitán más valiente que tú…», relata la intérprete.Capitana fue. Nació en Chuquisaca (Bolivia) y murió en Jujuy (Perú) nacida en una familia mestiza luchó por la independencia del Alto Perú –Virreinato del Reino de la Plata.

–Ella llegó a comandar ejércitos.  Fue capitana y dime tú ¿Cuánta gente sabe eso?– continúa– una mujer valiosa en nuestra historia siempre es la asistente de o la secretaria de…. Con Juana Azurduy no pasa eso. Ella no es un apéndice. Comenzó siendo la esposa de un patriota junto a quien luchó contra los españoles (Manuel Ascensio Padilla)  y terminó siendo ella la patriota. La llamé La Zorra, porque ese es un apodo que viene por un error del francés. Ella -la protagonista de su saga- es castaña y un francés le dice Renard – zorra en francés-  por el color del pelo… pero los que escuchan entienden Renata, Renata y así se queda…

Maria Cristina me quiere gobernar Foto: Cortesía María Cristina Lozada

–Esa historia nace – dice Lozada- de revisar mi frustración sobre el papel que desempeñó la mujer en la Independencia de América. Soy una amante de un periodo en el cual sin carro, sin medios de comunicación, hubo quienes lograron recorrer desde El Tocuyo hasta la Patagonia para darle la libertad a América.

La reconocida actriz cuenta que el personaje, Juana, pasa por varias etapas: es primero esposa de; cuando el esposo muere ella tiene que huir;  entra en una segunda etapa y luego en otra con su hija. Todo el relato es una mezcla entre fantasía y lo que es real, los personajes son lo que debieran haber sido. Son reales, las situaciones que enfrentan son invención del genio de esta actriz devenida en escritora que se pregunta

–¿Por qué cuando los hombres matan son héroes y por que cuando las mujeres matan son asesinas? — María Cristina Lozada habla y sus ojos verde cristal brillan. Es vida por los cuatro costados.

Su trabajo novelístico se inspiró en la obra de Andrés Lizarraga, autor de Santa Juana de América, que llevara a escena el Teatro Universitario (Tucv) de la Universidad Central de Venezuela, prohibida durante el gobierno de Rómulo Betancourt.

Y las mujeres también Foto: Cortesía María Cristina Lozada

«Mirá doctorcito, la tierra es como el aire, el aire es de quien lo respira con sus pulmones y la tierra es de quien la trabaja con sus manos. ¿Algo más simple?… Si salvamos las tierras salvamos a nuestro país», expone apasionada la Juana de Lizarraga.

Se trataba de la primera obra que vio en escena. Esa fue la misma obra en la que Nicolás Curiel, director del Tucv; “descubrió” a la joven estudiante de ingeniería, a la que el teatro no le interesaba. Le parecía fastidiosísimo. Un “fastidio” que la llevaría a hacer una carrera de más de 40 años, con reconocimientos dentro y fuera del país. Su trabajo ha recibido los premios de Teatro Juana Sujo (1970, 1972, 1976, 1978, 1980), el Premio de la Crítica (1982, 1984, 1986, 1988) ; el Premio Conac en 1982: y el Premio Municipal de Caracas en dos ediciones (1982, 2006)

«Yo estaba mirando las fotos del teatro universitario en la cartelera y Nicolas Curiel me dijo `¿tu no quieres leer algo?`  Y yo lo rechacé», dice Lozada. Hubo que insistir. Fueron tres intentos para que la bella joven se decidiera a dar el salto a las tablas. Leí Los Fusiles de la Madre Carrar de Bertolt Brecht, en cuyo montaje luego pagaría la novatada y su desconocimiento de la escena. Pero lo compensó con su inmenso talento.

En una entrevista a Diana Moncada para El Universal confesó: «Me sabía el texto de memoria pero no sabía por dónde debía entrar y salir. No sabía nada».

Nuestra Meryl Streep

María Cristina Lozada se agita. Aún lleva puesto el traje psicológico de la fiscal en Terror, aunque asegura que sale fresca y liviana de las funciones. Dice que no se lleva los personajes a su casa. “Eso no es una obra de teatro, es un acto político”, afirma sin titubear.

La temporada finalizó, pero de sus palabras se deduce que es una obra necesaria que volverá a las tablas. En ella, mediante el “juicio” de la gente, el espectador participa y decide. Es la actriz la que habla, la gran abogado egresada de la Universidad Central de Venezuela con especialidad en Gerencia Empresarial.  El mismo recinto en donde se convertiría en una primera actriz venezolana, «Nuestra Meryl Streep”, dicen algunos.

18 años tenía cuando enfermó muy gravemente y se retrasó en su carrera. Perfeccionista como es, y con terror al fracaso, sintió que no iba a poder alcanzar a sus compañeros de promoción. Ya el teatro la merodeaba en serio y se dedicó a investigar cómo podía hacer para prepararse bien. “Cuando dije que dejaba la facultad a mi papá le dio un yeyo porque él tenía una constructora donde se suponía que yo iba a trabajar. Un día me dijo una amiga que había un señor que podía ayudarme. Me acerqué y le dije que quería una beca. El señor me dio su tarjeta y al día siguiente fui a buscarlo. Él ni se acordaba, pero honró su palabra. Era el agregado cultural británico. Nicolas Curiel me ayudó a hacer mi currículum y me fui», relata.

“No quiero cómicos en mi familia”, dijo el padre.  Ella estaba decidida. Su madre la acompaño y se marchó. No hablaba inglés, pero estaba decidida. Logró la entrada en la East Acting School- fuera de temporada- de la Universidad de Essex de Reino Unido y con el mayor esfuerzo del mundo y el apoyo de sus compañeros y profesor favorito, que le dedicaba horas especiales para enseñarle el idioma, aprendió.

–¿Usted no habla inglés?

–No.

–¿Y por qué no lo dijo antes?

–Porque no me preguntaron –respondió con desparpajo.

Acto cultural Foto: Cortesía María Cristina Lozada

Su ultimo año lo hizo en producción y dirección teatral, inaugurando la cátedra en esa especialidad, y aunque los compañeros se negaron al principio a trabajar con una novata, una vez más los convenció con su disciplina y su entrega. “Ustedes van a aprovechar tanto a mí como yo a ustedes», les dijo. Mientras que su profesora insistió en que no perdiera el acento estaba convencida: “Ustedes no van a volver a tener una latina”.

–Después me fui a Francia, sin hablar francés — rememora Lozada– me quedé en París un año. Allí me encontré a Elizabeth Albahaca.

El director Jean Lecoq sería su maestro, que la tomaba como modelo para que los alumnos copiaran sus gestos que se pronunciaban ante la dificultad idiomática.

Vivió el Mayo Francés y sobre eso bromea: “Ya yo estaba acostumbrada a los zaperocos en la UCV”.

–Estaba de moda ser de izquierda, oponerse al capitalismo. Allí descubrí Vietnam, descubrí que la matanza de My Lai (1968) era cierta  Me volví socialista.  Estábamos sentados en la escalera del Teatro Odeón, decididos a que no pasara nadie. Aguerridos y resteados.  Yo quería liberar a París— recuerda. Las clases se suspendieron. También allí perdió la oportunidad de trabajar con Peter Brook que se marcho para alejarse de los disturbios del Mayo Francés.

–Viajé mucho. Fui a Alemania Oriental, a Polonia, pero no me dieron la beca. Siempre me ha interesado Jerzy Grotowski.  Yo viví la última mañana de la Primavera de Praga sin saberlo. Tenía 24 años e iba en un carro saliendo para Austria y vi los militares.

«Nos vamos a perder el desfile militar», comentó frívolamente hasta que escucharon el alboroto. Estaban invadiendo Praga. Se trata del episodio que vería a luz en el libro de Teodoro Petkoff: Checoslovaquia el socialismo como problema. Aquel “catire” se le atravesaría a la actriz y en una petición de sus amigos socialistas venezolanos, se lanzaría la aventura de buscarlo en el aeropuerto. Era un supuesto “señor que venia de Bulgaria”. Y lo hizo sin saber que Petkoff acababa de escapar de El Cuartel San Carlos en Venezuela.

—Lo conocí, me lo llevé a mi apartamento, se cambio el look y al día siguiente lo llevé para que tomara un avión. Corrí un riesgo enorme, y también, por idiota e irresponsable, pero yo me sentía la pasionaria cumpliendo con mi misión histórica–dice.

Tío Vania Foto: Cortesía María Cristina Lozada

Y entonces apareció José Ignacio Cabrujas

–Mi encuentro con José Ignacio fue en Radio Caracas Televisión (Rctv)– afirma. Ella trabajaba en los sótanos como asistente de producción de Cabrujas, de José Antonio Gutiérrez y de Álvaro de Rosson.  «Trabajábamos de día y en la noche íbamos a los ensayos de La Opera de los tres centavos de Bertold Brecht», cuenta.

–Íbamos a hacer Las tres hermanas, como hicimos Tío Vania en el Nuevo Grupo. Vamos a hablar, vamos a hacer. Éramos un trío indisoluble. Estábamos esperando que yo diera a luz . Pero José Antonio Gutiérrez murió. Fue devastador. Fue como una parte de mi cerebro.

Purificación Burgos en La Dueña (VTV); Filomena Marturano; Elvira Ancizar en  El Dia que me quieras,  todas esas mujeres extraordinarias han ocupado su humanidad y su cuerpo, entrenado para recibir a esa “otredad”. Su registro actoral es la osadía. Pero su credo, su “método” es la indagación. De ella llegó a decir el dramaturgo José Ignacio Cabrujas- figura fundamental en su vida y en su carrera- «es una actriz de trapo, investiga e inventa. Experimenta hasta que le pones el trapo. Ese día aparece completo el personaje».

José Ignacio para mí no fue un amigo. Fue más que eso. Fue una parte mía, como José Antonio. Éramos un trío inseparable. Cabrujas fue a verme en Retrato de Dama con Perrito y ni siquiera fue a saludar. Yo estaba de duelo, pensé que no le había gustado nada. Y al día siguiente me escribe una carta, la más bella carta de mi vida. Yo pensé que había perdido la capacidad de asombro, y la recuperé. En esa carta me recordaba la conexión que tuvimos cuando actuamos juntos en Tio Vania.  Él no era un creador de espectáculos. Él creaba lo humano, te daba absoluta libertad.

–Con Fausto inventábamos travesuras. Con él hice Cartas de Amor.  Imaginábamos lo que queríamos hacer. Para mí, ni él, ni Cabrujas, murieron. Gracias a Dios no estuve aquí cuando pasó. Yo era la chofer de José Ignacio, lo llevaba a todas partes. Con ellos y con José Gabriel, dentro y fuera del escenario, vivíamos fantaseando. Lo que queríamos montar. Lo que íbamos a hacer. Era una forma de vivir.

Filomena Maturano Foto: Cortesía María Cristina Lozada

Incansable ahora está sobre De tercera ni de vaina, un programa de radio sobre la tercera edad. Y la más reciente  Pa iguana camaleona. Sobre los diversos personajes y obras que ha encarnado prefiere no hablar mucho.  Tampoco sobre los que hará. Aún los guarda en el misterio, hasta que encuentre algún interesado en financiar sus ideas. Algo parecido a lo que ocurrió con su texto Actrices con oficio. La obra trata de tresactrices están buscando dinero para pagar una y quieren hacer un show para obtener fondos. La actriz que la hizo fue Margarita Yrun en Paraguay. Fue un éxito de crítica y público que aun sube a la cartelera.

Toda tragedia tiene que cabalgar sobre el humor. El signo de inteligencia o de comprensión más brillante que hay es el humor.

–Una de las cosas que tuvimos muy claro en la escuela en Londres  fue que uno no se entrega uno mismo en el escenario. Te das en tercera persona, tienes que crear- al personaje- en tercera persona. Tú lo llenas, no a partir de un sentimiento tuyo, porque esos personajes no eres tú. Es decir, nos los hago a partir de mí: yo tengo voz, tengo cerebro. Pero mis sentimientos los mantengo yo, a ellos tengo que inventarle los sentimientos. Mientras que yo, María Cristina Lozada, salgo fresca como una lechuga, después de la función.

–Cuando hago Terror si soy yo. Yo soy abogado. Yo investigue la obra y descubrí cosas que están detrás de la obra. Es mi rabia, mi opinión. Yo ahí soy yo, pero es la única vez en mi vida que no me disfrazo. Yo hago una marioneta y la voy llenando, la voy llenando.

–¿Cuál sería el personaje que podrías volver a hacer?

— Nunca veo lo que hago. Porque soy muy autocrítica o muy pedante y no veo lo que hago en la televisión.

Pese a ello, el placer está ahí: «Gocé con María Cristina me quiere gobernar. Yo hice la producción. Mi esposo me filmaba los ensayos y al llegar a mi casa yo me veía y me corregía. La dirección de ese espectáculo es mío, toda, toda. Me tardaba 34 segundos en cambiarme de un personaje a otro. Mi hija se ponía enfrente y yo me vestía.  Me recorrí toda Venezuela».

Terror Foto: Cortesía María Cristina Lozada

Un amor sembrado: Ivan Garmendia

–Un día me ofrecieron Los Monólogos de la Vagina. Yo me negué. Después me llama Héctor Manrique para lo mismo, aquí en Venezuela. Iván- su marido- me dice: «Cristina rétate, mientras más te cueste, mejor para ti, ¿O es que tú vas a seguir haciendo lo mismo?» En principio me costaba mucho, me daba mucha vergüenza y Manrique se aprovechó de eso para construir a la penosa. Iván siempre fue un impulso. Él era mi ancla. Y hoy, cuando ya no está, pasa a ser mi ancla. Es como cuando uno dice yo sé que no me voy a equivocar. Eso lo aprendí con él.

–¡¿Cómo se conocieron?!

–Nos conocemos desde chiquitos. Salimos a una fiesta en una discoteca y ahí nos empatamos. Al año le dije que me iba a casar. Iván pidió mi mano y le dijo a mi papa: «Mire señor lo vengo a invitar al matrimonio de su hija” ¿Cómo le iba a decir que no? –Y se casaron para toda la vida y nacieron hijos y nietos.

«Éramos una pareja hecha. Nunca veras una pareja mas diferente que Iván y yo. El al frio, yo al calor. El se sembró en mi.  No nos separamos nunca», afirma.

–Viviste el Mayo Francés, la Primavera de Praga, fuiste simpatizante del MAS de Teodoro ¡y ahora?

–Ves la Unión Soviética, en lo que devino; ves como la Primavera de Praga la volvieron picadillo. Ves el fracaso de Cuba y dices: «No. Así no es». A mí lo que más me preocupa es que la gente en la que uno tiene que confiar, no está usando el cerebro para pensar, con todas las diferencias que hay . En este momento hace falta una estrategia común. Es el momento de ceder por un bien común. Yo tengo esperanza. No es momento para disentir. Es momento para dar un trancazo.