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«Mi padre el inmigrante» : Bocetos de cólera y canto

En su poema " Mi padre el inmigrante" Vicente Gerbasi explora los estados de ánimos que embargan a su progenitor en el proceso de abandonar su lugar de origen y otros momentos del proceso. En este, su primer artículo para Esfera Cultural, Fedosy Santaella interpreta y torna muy vigente el hermoso poema.

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Dejar los lugares propios por fuerza, por la insostenible pesadez de la oscuridad en la que se ha convertido la vida de los hombres en su tierra pareciera traer consigo, por lo general, una fuerte carga de rabia, de ira, de violencia interna.

«Mi padre el inmigrante»[i], de Vicente Gerbasi, registra en buena parte tales estados del alma. Todo en este largo y magnífico poema gira entre las imágenes de la travesía del padre, su encuentro con la tierra nueva, su lucha y el presente del hijo que riza el rizo hacia su padre, de vuelta a él. Este hijo, su voz, es quien lleva al padre hacia la dimensión poética (ese «canto» que leemos en el poema), y con él trae todo su dolor y su gesta, pero también su ira. Gerbasi muestra que ese sentimiento está allí, que es inevitable, pero que también es fuerza, violencia, ardor generador de supervivencia.

Viniendo de las brumas del recuerdo, el hijo ofrece, de entrada, imágenes opacas y en cierto modo lentificadas, de la partida del padre, o de la aparición del padre en su memoria. En el canto VI el padre va surgiendo desde el olvido, y comienza así el movimiento, casi cinematográfico, de su llegada a la nueva tierra: primero sus zapatos, luego el sonido de sus pasos sobre los ladrillos y sobre las arenas de bahías desiertas. El padre va hacia el hijo, hacia ese futuro que será el hijo, porque al final, los padres van hacia los hijos. Así dice el poeta:

 

Hacia mi venían tus huellas, tu fábula y tu clima,

y aún te veo llegar desde la muerte,

padre del remo, padre del pesado saco,

padre de la cólera y del canto.

 

Esta imagen del último verso que une a la cólera y el canto se acrecentará en una buena cantidad de momentos y nos mostrará a la cólera como forma de movimiento, de violencia, como primer motor de lo épico (el viaje y la lucha del padre). Así, en el canto VIII el hijo nos empezará a propiciar las imágenes de la cólera y la violencia que acompañan ese movimiento del padre hacia la «futura vivienda». Ahí están, no muy lejos del inicio del canto:

 

Sí, tu existencia había creado sus cielos huracanados,

sus aguas tumultuosas, sus nubladas lejanías

y las tempestades agitaban los mares de tu corazón

con truenos y estrellas caídas

en las oscuras soledades del alma…

 

También en el canto VIII, el poeta dirá que «la furia levantaba ondas en la oscuridad de tu muerte». Partir es un poco morir hacia una nueva vida. Partimos de la noche, no sólo desde la concepción filosófica o teológica de que la vida proviene de la oscuridad de la muerte, sino también porque algo parecido a una fea noche es en lo que se ha convertido la patria de la que tenemos que partir, y vamos también hacia la noche, porque, de nuevo, partir como migrante es un poco o mucho morir en la noche de uno mismo, esa especie de cólera de la impotencia, de encontrarse de pronto impedido de permanecer o no poder vivir más en los lugares propios. Se parte con tristeza, pero también con una furia que es una tempestad de corrientes que impulsan. Así, aquel padre que aún no es padre, ese viajero lleno de juventud es, tal como se lee en el mismo canto, «el insomne, el descontento, / el que levanta las manos hacia los relámpagos».

 

Aun en la llegada, sobre la tierra donde el futuro padre asienta los pasos, esas sensaciones permanecen. Gerbasi, en versos previos, ha establecido el contraste entre las tierras. El hijo ha dicho que el padre iba hacia él con su fábula y su clima. No es para dejarlo pasar: Gerbasi ha establecido la profunda diferencia entre los dos climas. En el canto VII nos ha presentado ya la aldea del padre, en el canto VIII hemos estado en la furia y la tristeza de su partida y su viaje, y ya en el X aparecen la costa, y piñas, cocos, bananas, chirimoyas, medusas, anémonas, zamuros, caseríos, llanura, «la puerta caliente» que es esa nueva vida, un lugar de violencias, de movimientos, de sacudones, hermoso, salvaje e inhóspito (por lo menos así para aquel hombre recién llegado). La furia de la tierra nueva estalla en la furia del hombre. Pero en el hombre, esa violencia apasionada se traduce en terquedad y propósito, lucha y movimiento. Así leemos en el canto XIX:

 

Está aquí el fuego lamiendo la tierra,

el agua lamiendo las raíces,

los animales lamiendo a los animales.

Y tú estabas aquí con el sudor de tu frente,

el solitario, el vestido de paño de hilo,

el erguido en medio de la comarca de las tempestades,

el que iba gritando hacia adentro,

buscándose las manos y la frente en su existencia,

buscando el sitio donde poder decir:

“Aquí yo vivo, aquí yo soy el hombre”.

 

El joven inmigrante, futuro padre, busca recuperar su esencia, ser alguien en medio de la borrasca y la vacilación de la nueva tierra a la que se ha arrojado, espacio que, a pesar de su hostilidad, no resulta para aquel hombre un titán terrible al que temerle con oscuro odio, pues aquella tierra ha resultado una promesa de luz, lo contrario a lo que atrás ha quedado. Antes, en el canto XV ha dicho así, en su propia voz:

 

«¡Ampárame, oh tierra maravillosa!

Yo me estaré contigo adorando tus peñas,

que en la penumbra tiene rostros de nuevos dioses.

Yo vengo de los puertos, de las casas oscuras,

donde el viento de enero destruye a los niños pobres,

donde el pan ha dejado de ser para los hombres.

Yo vengo de la guerra, del llanto y de la cruz.

¡Ampárame, oh tierra maravillosa!»

Juan Bautista Gerbasi, padre de Vicente Gerbasi, en un retrato de familia de 1917 en Canoabo

Allí está de nuevo el agujero, la guerra, el hambre, la oscuridad, la noche de la que viene el padre, y también el contraste de la tierra nueva, peligrosa como un risco, pero que, sin embargo, lo ha recibido y resulta un bálsamo. Allí, en esos lugares, se ponen de manifiesto la sensación de cólera, la soledad y las imágenes naturales cargadas de movimiento y de violencia. Canto XXII:

 

¿Habías visto, acaso, cómo ardía la soledad en tu sangre,

en medio del ancho mundo con océanos, llanuras y montañas?

¿Cuál era tu angustia, y tu afán y tu oscuro descontento?

¿No sabías, acaso, que deambulabas a través de las sombras,

con tu boca, tus manos y tus sienes en el fuego,

en la sombra, en la soledad, en la existencia,

como aquel que se debate en su sueño anónimo y sombrío?

 

No hay sosiego para quien ha partido. Su vida jamás volverá a ser la misma. Sin embargo, en medio de ese dolor, de esa furia, de esa cólera, están las manos del migrante, las manos como sus ganas, como su fuerza, como símbolo de futuro:

 

¡Ah, pero tus manos podían soportar tu soledad,

y te daban el pan!

En el canto, la cólera deriva en manos, se transmuta en herramienta útil que trabaja la tierra, que trabaja la vida, que da el pan.

Para quien no ha vivido en una tierra donde hasta el pan es un milagro, estas palabras pudieran pasar desapercibidas: dar el pan. Pero no, hay muchos que deben partir, porque lo más básico, lo más cotidiano de sus vidas pertenece por igual a los dominios de la escasez: el pan. El pan que te niega la tierra en la que has nacido. Entender esto, es entender una buena parte del drama de inmigrante, es entender las imágenes, los símbolos y los versos dolorosos, iracundos y hermosos del poema de Gerbasi.

 

 

[i] Vicente Gerbasi. Obra poética. Biblioteca Ayacucho (Caracas, 1986).