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Modo avión: Un like y luego existo

"Modo avión" es el retrato de ese momento en el cual el celular enmudece y sentimos que nos quedamos solos y vacíos

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  Modo Avión, drama virtual de Luis Andrés Gómez, llega a la IV Edición del Festival Jóvenes Directores de Trasnocho Cultural. Aitor Aguirre pone en escena una comedia que plantea una interesante reflexión en torno a la deshumanización de las relaciones interpersonales. Esta obra presenta la acción dramática en dos planos narrativos en los que se mezclan e intercambian lo real y el contenido web. Aníbal Cova, Abel García, Maga Díaz, Jessica Armino, Carito Delgado y Jesus Nunes son las piezas claves que dan vida a ese particular mundo de las redes sociales.

El Espacio Plural se transforma en un escenario múltiple que rec rea la realidad real y exhibe, a través de recursos multimedia, el mundo virtual en el que se desenvuelve la vida cotidiana de los personajes. La propuesta de Aguirre fusiona en los elementos escénicos esa mixtura entre lo real y la virtualidad que gesta una particular comprensión y asimilación de la vida contemporánea.

Robert está escribiendo un cortometraje cuyo argumento se basa en la idea de dos personas que se conocen en un avión. Mario, su compañero de apartamento y amigo, le propone una vuelta a las redes sociales para aligerar el despecho y volver a comenzar.

Ahora bien, qué es lo que ocurre cuando nuestros teléfonos móviles entran en modo avión. Esta es una función que hace que nuestros dispositivos móviles entren en un estado que limita la conectividad, es decir, no nos permite usar los datos, recibir o hacer llamadas, enviar SMS o conectarnos a una red WiFi. Entrar  en modo avión es un modo de aislamiento, tal vez es una forma de retornar a nuestra humanidad antes de la conectividad. Si vinculamos esto con el argumento del cortometraje que escribe el protagonista, pareciera que esas dos personas solo podrían conocerse si sus teléfonos están inactivos porque sus vidas se limitan al perímetro de la pantalla.

Una frase del texto creo que es el punto de partida para una reflexión que abarca varios ámbitos: el exceso de publicaciones en las redes sociales implica una distribución de ausencias. Si usted es verdaderamente feliz, ¿tiene tiempo para publicarlo? Qué significa ser feliz auténticamente, es decir, coleccionar poses como emoticones no habla de una conexión real con el mundo interior, no habla de felicidad sino de vacíos y soledad.

La vida cada vez parece circunscrib irse a la validación constante de los otros, si me das un ‘like’ significa que te gusta mi opinión, que es válida y, sobre todo, importante. Esa desconexión con lo que somos, en esencia, está mediada por la excesiva presencia de la tecnología en nuestra vida. Estamos sometidos al escrutinio de los otros pero no porque lo pidan sino porque los invitamos a formar parte del día a día, haciendo extraordinario lo corriente.

Cada cosa que ocurre amerita una foto, una pose, un emoticón, un comentario en facebook, instagram y twitter. Los filtros en las imágenes le dan veracidad histórica y constituyen un registro documental de lo importante en nuestras vidas. Ahora bien, eso delata el prof undo vacío existencial en el que se encuentran cada vez más personas alrededor del mundo. Su orfandad, expresión que empleó un amigo con el que discutía este asunto, se llena de imágenes, palabras y filtros pero en ninguno de ellos reconocen la presencia de sus carencias. ¿En qué forma se evidencia esa orfandad? En la necesidad de ser reconocidos más allá de lo que connota, en su forma esencial, la imagen; es decir, la ausencia de un asidero personal busca llenarse con los likes reales y los tristes. Pues sí, hay likes tristes o así lo expresa uno de los personajes. Estos no representan un estado sino la jerarquía, en orden de importancia, de tu publicación, se da a destiempo y sin la inmediatez no hay vértigo.

A medida que el tiempo pasa se hacen más populares los youtubers que se transforman en gurús de las relaciones sociales y los modos de aproximarse al otro, lo curioso es que no hay proximidad con ellos. El amor se demuestra en un post y la caricia está a un clic, de este modo la soledad se extrema de formas inimaginables en el mundo real pero, al tener acceso a las redes sociales, parece que ese tiempo es compartido. Podemos escuchar constantemente: no estás solo yo estoy aquí, te leo, te sigo, como si de un modo u otro la soledad pudiese llenarse con virtualidades y sonrisas de pixeles.

La sexualidad se re-descubre en la pantalla de los teléfonos o de las computadoras, la idea de lo erótico y el encuentro se desvanece en una imagen de carácter explícito que no deja nada a la imaginación. El contacto con el otro jamás podrá ser sustituido por una máquina, el poder de una caricia no se compara con 1k de ‘me gusta’ o ‘me encanta’, una mirada cómplice no se equipara con un emoticón. 

Un asunto muy que me resultó verdaderamente fascinante fue que los espectadores se comprometieron con la propuesta de montaje de Aitor Aguirre, los recursos multimedia, que en principio se intuían agotadores por un uso reiterado, fueron la clave para el enganche con el público que jugó al plan de la red social de maravilla, espías invitados a la rapiña sentimental, al escenario de la traición y a la cursilería de los videos musicales. Todos reían y se emocionaban con el curso de la acción. Esta vez el montaje fue existoso. A mi modo de ver, los asistentes lograron triangular el efecto que se espera en el teatro: una síntesis acoplada entre el texto, el intérprete y la representación. Modo avión redimensionó la frase “cogito ergo sum” a un like y luego existo.