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“Sí, pero no lo soy”, ¿Qué cosa?

Como parte del Festival de Dramaturgia Europea, esta obra original de Alfredo Sanzol (2008) es analizada por el columnista y director de teatro, Daniel Dannery

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El espectador que asiste a una función de Sí, pero no lo soy ríe como si hubiese sido arrinconado como consecuencia de un ataque masivo de cosquillas; pero en el fondo, aguanta una explosión de llanto. La misma ambigüedad que supone vivir estas experiencias –más cercanas a eventos eufóricos- trastocan nuestra idea de existencia, si es que realmente pasamos la vida interrogándonos sobre lo que somos, lo que queremos ser y lo que terminamos siendo.

Tengo una anécdota personal que describe este panorama, en el que la respuesta no es de fácil captura. Estudié en el Liceo experimental público Luis Beltrán Prieto Figueroa. Allí las  ciencias básicas, sociales y humanas eran las materias del día a día. Al llegar a cuarto año de bachillerato, en la primera clase de Filosofía, nuestro buen profesor recorrió los pasillos entre los pupitres; alumno por alumno, haciendo la pregunta «¿Tú eres?»Las risas, por supuesto, no se hicieron esperar. Las respuestas fueron variopintas y luego contraatacó, «¿Qué eres?».

Esa primera clase comandada por José “El Gallo” Rodríguez en nuestra sección “C” de cuarto año de “El Experimental”, había abierto una puerta ante la discusión de lo que luego aprenderíamos: las preguntas básicas del existencialismo “¿Yo soy?” y “¿Qué soy?”.

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¿Soy, pero no lo soy?

Partiendo de esa idea Sí, pero no lo soy, abre la mano para ofrecer una multitud de personajes tan disímiles entre sí, como cercanos entre nosotros. Personajes que pueden ser vistos al dirigir la mirada a cualquier lugar, un café, un bar, una red social.

Estas figuras que crea Alfredo Sanzol parecen ser producto de una persistente observación, de una caza. Su dramaturgia es, cuanto mucho, un ejercicio de estampa sobre la conducta –consciente o no- de una generación que es, a su vez, múltiples generaciones.

La idea de lo absurdo deja de tener valor cuando la realidad la supera y, en este caso, absurdo y realidad –hiperrealidad teatral- engranan perfectamente. Los personajes de Sanzol son apáticos, miserables, fortuitos, violentos, inocentes, pecadores, idiotas, egoístas, mezquinos, solitarios, inteligentes, pero sobre todo, humanos. Son como nosotros mismos, seres saturados de ideas que recorren el mundo exponiéndolas frente a otros quienes compartimos problemas y pareceres. Desde el intercambio que se produce de esa necesidad comunicativa nacen entonces las situaciones más variopintas: el amor, el rechazo, la cólera.

Se trata entonces de identidad, y de la ambigüedad que se esconde tras este término, guiño que además plantea desde su título. Una afirmación seguida de una sentencia, que es así misma una contradicción. Como la vida en sí misma.

Los venezolanos, en ese sentido, estamos bastante acostumbrados a esta retórica. Frases como “ni lo uno ni lo otro, si no todo lo contrario”, dejan apreciar el verdadero teatro del absurdo. Nuestra realidad.

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Es política la obra de Sanzol desde este punto, pues ética y moral tambalean en varias ocasiones sobre todo en los punzantes, oscuros y negros diálogos de los personajes que habitan y coexisten en los más variados escenarios y situaciones, en busca  de la identificación propia y ajena. “El infierno son los otros”, decía Sartre.

Rostros que se hablan con la verdad, y aún así no terminan demostrando nada; seres que dan la impresión de escuchar, y no lo hacen. Lo correcto y lo incorrecto conviviendo en un universo, donde por fortuna no hay sanciones, pero sí, mucho juicio de valor. En este mundo del ahora, donde juzgar es lo propio, frente a la necesidad del reconocimiento.

Desde ese enfoque, Sanzol juega a amar a sus personajes, a no juzgarlos, si no presentarlos como lo que son, y lo que terminan siendo realmente -o lo que terminamos siendo- seres solitarios con un objetivo que pareciera no cumplirse, sentir. De la manera que sea y cómo sea. Sentir o dejar fluir las emociones. Decir que amamos u odiamos, y amar y odiar al mismo tiempo.

Sí, pero no lo soy, es otra obra de “Estación Europa”, el Festival de Dramaturgia Europea, organizado por La Caja de Fósforos. Su solvente puesta en escena está a cargo de la actriz y directora Diana Volpe, que comanda un grupo de actores que dan vida a esta gracia existencial de origen español.

Foto: Daniel Dannery
Foto: Daniel Dannery

Carolina Leandro, Rossana Hernández, Carolina Torres, Giovanny García, Ángel Pájaro y Ricardo Nortier, es la troupe encargada de poner en acción un laberinto de situaciones, con más de treinta personajes.

Con una estética que podría considerarse almodovariana, Volpe coquetea con el musical, y se adhiere a una puesta en escena de visos post-surrealistas, que recuerda (en lo personal), a la trabajada por el realizador cinematográfico sueco Roy Andersson, para exponer los temas entre un colorido y chispeante escenario, superficie para ahondar en las preocupaciones más oscuras de esta generación que habla con la verdad, esperando que no se rían de sus miserias, y obteniendo justamente eso.

La elección de este texto para su puesta en escena da la sensación de una continuidad temática en la búsqueda de respuestas sobre estos tiempos modernos. Como una preocupación latente en la mirada de Volpe, sobre el mundo que los jóvenes habitan hoy día. Hizo lo propio en su montaje de La enfermedad de la juventud y El Cine, piezas que plantean la ambigüedad de esta existencia 2.0.

Sí, pero no lo soy, se presenta en La Caja de Fósforos, sala alternativa que hace vida en los espacios de la concha acústica de Bello Monte, viernes 7:30 p.m., sábados y domingos 6:00 p.m.

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