Inicio»Columna»El Occidentalismo es todo lo contrario

El Occidentalismo es todo lo contrario

Un libro publicado hace 12 años da los remotos atisbos de lo que hoy sucede a ambos lados del planeta

4
Compartido
Pinterest URL Google+

El político contemporáneo (tómese como arquetipo, antes de observar la debilidad de las generalizaciones) parece vivir al día. Oportunista por excelencia, sea su estilo estentóreo o socarrón, se adivina astuto, pero ello no pasa de una sospecha insuficiente para disuadir la conjetura de que sea más bien imbécil. Se lo ve, casi siempre reactivo, impulsivo, cuando de comparecer en público se trata. Y en esa inercia alocada que llaman ejercicio del poder deviene contradictorio, enmarañado su discurso, abstruso su mensaje. El político de hoy se debe sobre todo al espectáculo, y la tarima o la pantalla no dan un respiro para la reflexión. Actúa, en primer lugar, luego cree descifrar algo de la algarabía de la masa, continúa el performance, ve lo que quiere ver en el electorado y echa mano una vez más del atributo en el que más confía: la capacidad para la improvisación o quizá la finta. El hiperdinámico político de la historia en tiempo real, entonces tal vez remita a la imagen pueril: una marioneta pulsada por un despiadado titiritero.

El perfil que se esboza encierra la pregunta que cualquiera se hace a ras de suelo, el hombre común, pues: ¿Cuándo piensa el político? ¿Piensa, digamos, por sí mismo? ¿Piensa más allá de urdir la siguiente trampa para el adversario de ocasión? O más delimitada la cuestión: ¿Piensa sobre antecedentes y consecuencias enmarcadas en un relato más amplio que las 24 horas de supervivencia en el poder? ¿Cuánto abarca su unidad de acción?occidentalismo

Si se revisa, por ejemplo, un libro publicado en 2003 con el título Occidentalism, firmado por Ian Buruma y Avishat Margalit y editado en castellano en 2005 como Occidentalismo. Breve historia del sentimiento antioccidental bajo el sello Península, se podrá tomar el hilo que desde las catástrofes políticas de la actualidad conducen a las contiendas civilizatorias del pasado remoto. Al recorrer el documentado análisis de Buruma y Avishat, puede el lector temer que el político contemporáneo no tiene noticia de la extensísima diégesis histórica que gravita e influye en su accionar. Al invocar a conveniencia el pasado presumiblemente glorioso de la patria, el líder tal vez ignore hasta qué punto el mito no es el puppet master que lo mueve cual muñeco sin voluntad ni consciencia.

“Estar provisto de mentalidad occidental”, se lee en el libro, “equivale a ser una especie de sabio idiota, mentalmente defectuoso, pero con un don especial para los cálculos aritméticos. Se trata de una mentalidad carente de alma, como una calculadora, incapaz de hacer lo que es verdaderamente importante. La mentalidad occidental es capaz de grandes éxitos económicos, sin duda, y de desarrollar y promocionar el avance de la tecnología, pero no consigue en cambio aprehender las cosas más elevadas de la vida, ya que carece de espiritualidad y del entendimiento necesario del sufrimiento humano”.

Esta tipología sumaria define las consideraciones que tiene un occidentalista, espécimen que los autores definen grosso modo como aquel obsesionado por Occidente, pero, paradójicamente, por abominarlo en todas las manifestaciones que lleven el sabor (y saber) de ese pedazo del pastel mundial. De ahí que el título del libro, sin el subtítulo, pueda confundir, como en su momento acusó la crítica.

¿Será Bill Gates ese “sabio tonto” a ojos de un occidentalista? ¿O la saga de Harvey Weinstein epítome de esa “mentalidad capaz de grandes éxitos económicos pero que carece de espiritualidad y del entendimiento necesario del sufrimiento humano”?

El Occidentalismo (o el ideario anti occidental) arraiga siglos muchos atrás; suficientes para el olvido, al punto de que un líder principal del Occidente geopolítico incurra caprichosamente en posturas contradictorias con la misión que demanda más bien sincronía. Ahí está Donald Trump y su poco clara relación con el centro histórico del anti occidentalismo: Rusia.

Turquía, otrora el Imperio Otomano, la mayor potencia más allá de los Balcanes, ahora bajo el autoritarismo del presidente Recep Tayyip Erdogan, no abandona la aspiración de formar parte de la Unión Europea, pero aun siendo parte de la Otan actúa por cuenta propia en el Oriente Medio, con clara vocación anti Occidente.

El Occidentalismo ahora mismo brota en el corazón de Occidente: Europa. No se diga por la ominosa réplica del terrorismo islámico en el mero centro de las ciudades occidentales (máximo baluarte de “lo moderno”, sinónimo de lo que ha de ser arrasado desde Oriente), sino en los nuevos nacionalismos, los de la ultra derecha (el Nazismo era anti Occidente) y los capciosamente progresistas como el catalán, y en este caso, cabe preguntarse si esa multitud separatista tiene aviso de la amenaza que representa para sí misma.

Un fantasma recorre Europa
Un fantasma recorre Europa

Occidente parece estar en ascuas, y el libro de Buruma y Margalit, cuyo recorrido por la historia del fenómeno procura una posible objetividad, con casi 15 años de por medio, atisba la ruina política de por estos días. No se descuenten las nuevas narrativas de dominación en Latinoamérica, imbricadas al complejo de autoctonía, que aviva la revolución negadora de todo lo malo y lo bueno de la continuidad de Occidente. Se obvia así lo raigal, eso escrito por José Lezama Lima, el gran poeta de Cuba: “el plasma de su actoctonía, es tierra igual que la de Europa”.

Comentarios