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 Olinka, más que ser: pertenecer

Olinka es el escenario en el cual el escritor Antonio Ortuño desarrolla cuatro ejes narrativos que Santaella describe con sus profundas contradicciones ; sueño y realidad, apariencia y pertenencia, dinero y crueldad y más.

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Antonio Ortuño nos entrega Olinka (Seix Barral, 2019), una novela feroz que juega con su estructura para ir despejando secretos y así afincar cada vez más el dedo en la llaga de una sociedad enferma de ambición y orgullo de clase. Ortuño lanza su bombardeo inclemente hacia el sector inmobiliario mexicano (casi una casta social), en específico el de Guadalajara, de donde es originario. La compra amañada de terrenos, la componenda narcotráfico-constructores, la movida política y policial, el asesinato, la voracidad insaciable de los poderosos frente a la tierra, todo está allí mostrado a través de una escritura sobria, directa, dinámica.

Ortuño parte de un hecho real, o de un hombre real, y de un proyecto irreal(izado). Gerardo Murillo Cornado, mejor conocido como Dr. Atl (agua en náhuatl), fue un pintor paisajista de Jalisco con estudios en Europa que llegó a concebir una ciudad cultural donde un grupo dilecto (aristocrático, sin duda, en el sentido Aristotélico) de artistas y científicos convivieran en un espacio creativo y libre de preocupaciones mundanas. Aquel lugar, que se llamaría Olinka, nunca llegó a ser.

Gerardo Murillo Cornado, mejor conocido como Dr. Atl, fue un personaje real en quien se inspiró Ortuño para su novela.

A partir de ese sueño elitista, Ortuño construye la historia de una tierra que primero fue Nueva Olimpia, un asentamiento de familias humildes, luego un misterio atroz donde sus habitantes desaparecieron de la noche para el día y finalmente un proyecto urbanístico de un ambicioso personaje de nombre Carlos Flores.

Olinka es así un fraccionamiento surgido de un evento oscuro, un sueño por igual de élite, de otra clase, menos ética y mucho más cruenta, pero un sueño de privilegiados al fin y al cabo, un sueño millonario que tampoco terminó de prosperar.

Olinka está divida en cuatro capítulos: El rumor de la discordia, Justicia, sabiduría y fortaleza, Esta leal ciudad y Lo Que Es. Mi lectura también ha arrojado cuatro grandes ejes que no necesariamente han de corresponderse con los capítulos.

Algo de Conde de Montecristo tiene el primer gran momento de la novela. Aurelio Blanco, su protagonista, tiene sí algo Edmundo Dantés. Ha salido de la cárcel luego de quince años y está de vuelta con un empeño obsesivo que tiene sabor a venganza. Se mueve, se dirige a los lugares del pasado donde se gestó una condena que no precisamente comenzó cuando fue encarcelado, sino antes, mucho antes. Va hacia su  ex mujer, hacia su hija, hacia Olinka, pero sobre todo, hacia su ex suegro, Carlos Flores, el alguna vez poderoso constructor venido a menos. Se desliza desapercibido, con furia, con pistola.

Pero entonces, cuando estamos en pleno regreso de nuestro Edmundo Dantés, la narración se suspende y somos movidos al pasado para mostrarnos su origen. Allí vemos a Blanco humilde y necesitado de agradar en cercanía servicial, destinado desde el principio a ser el vasallo de los Flores, un estorbo provechoso para ellos. Él, consciente incluso de haber sido manipulado y traicionado, considera que pertenece a la familia Flores. Es algo más fuerte que él mismo. En alguna parte, hacia el final, Ortuño lo dice. Después de tanto desprecio y abuso, Blanco todavía está allí para los «suyos». Así leemos en la página 220: «No le importaba ser el indio al que dejaron al otro lado del río. Así se había construido Guadalajara, con los conquistadores asentados en la vera derecha del San Juan y los siervos a la izquierda. No le importaba, tampoco, ser el empleado temeroso que imitaba al patrón hasta en el modo de decorar la casa, el que vendía el alma para instalarse en el poniente de la ciudad, a malvivir en una casa bardeada». Blanco, en este segundo bloque narrativo de la novela, es más bien un Bartleby que se mueve con la inercia, que no dice «prefiero no hacerlo», sino que, llevado por los vientos del capricho de la familia Flores entrega su ser a lo que la deriva o el antojo de aquellos. Esa inercia es una forma de inmovilidad, de negar el ser, tal como aquel célebre escribiente de Melville.

Olinka, una mirada feroz a una sociedad enferma de ambición y soberbia de clase

Todo en Olinka es un juego de apariencias, simulacro de estatus. Carlos Flores no es el constructor decente, digno y de casta noble que aparenta ser, y Alicia, su hija y ex esposa de Blanco, no es la mujer indefensa que creemos. Pero, ya lo hemos visto, Blanco tampoco es Edmundo Dantés —su pasado de Bartleby de la inercia señalará el derrotero final. Blanco no es totalmente él mismo, Blanco no sabe ser sin referirse, sin mirarse en su ex suegro. Incluso Jacobo, aquella supuesta némesis final, tampoco es lo que dice ser en la sombra que proyecta y en los torbellinos de muerte con que amenaza.

Todo es falso, todo es máscara en Olinka, tanto, que el tercer gran giro de la novela es presentado casi como una obra teatral. Allí, sobre el escenario, disponemos de una mesa navideña y de los personajes ebrios en torno a ella, dispuestos a jugar juegos dialécticos. Pero aquella obra de falsedades estalla y deja ver lo peor, lo que late por debajo, así como si se tratase del momento más cumbre y terrible de una obra de Tennessee Williams. En ese universo de verdades violentas quedará de pie, triunfante, la monstruosa Olinka, aquel sueño que pretende ser sublime y visionario, cuando en realidad es egoísta y peligroso, pues en él algunos se adjudican el rol de directores de destinos ajenos sin consultarle a nadie.

El monumento que está en medio del complejo residencial, su propio nombre, lo resume todo. Olinka, ya en la cuarta y parte final del libro, Es lo que es y no puede ser otra cosa: un estercolero rociado de perfumes y casas —y caras— bonitas debajo del cual han sido arrojados un montón de cadáveres.  Al final, la mentada venganza de Edmundo Dantés no es más que otro simulacro, porque en realidad este Edmundo Dantés, en su inercia, desea, más que ser, pertenecer.