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Otra vez la ballena

El profesor y escritor Víctor Alarcón, nos presenta en este artículo sus impresiones sobre "El Nadaísmo y El Techo de la Ballena", una interesante antología compilada por Juan Calzadilla, cofundador del grupo El Techo de la Ballena

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La casa bid&co. editor acaba de publicar El Nadaísmo y El Techo de la Ballena. Una antología escandalosa, compilada por Juan Calzadilla. Bajo este título uno de sus protagonistas recoge una serie de textos fundamentales para comprender el desarrollo de las vanguardias en Latinoamérica. Además pone en sintonía dos tradiciones que muestran más de una coincidencia: la colombiana y la venezolana. Pensando que libros como éste tienden a agotarse para no aparecer de nuevo sino como curiosidades en las librerías de usados u objetos de colección, recomendaría a los lectores que se apuraran a hacerse con un ejemplar.

Entre las virtudes del título encontramos la consciencia que tiene el compilador de encontrarse en diálogo con una importante tradición de antologías sobre el tema. Calzadilla señala que los trabajos de El Techo pueden encontrarse:

… en una crítica escueta y austera, dentro de la cual, en ausencia de publicación más exhaustiva y completa, continúan siendo la Antología de El Techo de la Ballena, de Ángel Rama (Fundarte, 1987), el libro Estridencia e ironía: El Techo de la Ballena. Grupo de vanguardia venezolana (1961-1968), de Héctor Brioso Santos, publicado en 2002 por la Universidad de Sevilla la Antología del Techo de la Ballena (2009), lanzada por Monte Ávila Editores, y recientemente la Nueva Antología de El Techo de la Ballena (2014), preparada por Edmundo Aray y publicada por Fundecem, los únicos expedientes valorativos que se han publicado hasta ahora sobre la agrupación.

A pesar de lo dicho, este libro se une al listado no tan corto de publicaciones que revisan uno de los grupos de vanguardia venezolana más populares. Se acopian materiales clave para la historia de nuestra poesía y se presentan algunos textos de difícil acceso o incluso inaccesibles durante mucho tiempo. Con este esfuerzo, obtienen la notoria presencia que se merecen. Recordemos que El Techo de la Ballena sirvió como medio para actualizar la literatura en nuestro país. Fue un espíritu renovador y rabioso que invadió los cafés y las galerías para exigir al receptor nuevas maneras de acceder al arte.

ballena-2De la sentencia anterior se desprende una interrogante fundamental: ¿Por qué El Techo de la Ballena es tan importante? ¿Realmente representa un giro ineludible en la historia de la literatura venezolana o fue el reciclaje de viejas técnicas vanguardistas?

Uno de los ejes sobre los que versa la defensa del compilador es la actuación política que ejercieron los artistas reunidos bajo la égida ballenera. Sin lugar a dudas, ellos mostraron una preocupación esencial ante la situación que vivía Venezuela en los años sesenta y esto sin sacrificar la calidad de la ejecución literaria ni de la resolución plástica. Al contrario, sus materializaciones se convirtieron en ejemplos a seguir del verso bien resuelto y la pieza acabada con solvencia. Si leemos con atención, hallaremos más razones para destacar las páginas reunidas.

Sin lugar a dudas se recuperan diversas técnicas vanguardistas que se desarrollaron al otro lado del Atlántico. Los autores no temen destacar su filiación surrealista, más bien la utilizan como arma para defenderse en la “Respuesta de los escritores” a los ataques de la iglesia católica. Aunado a lo anterior señalemos que el manejo de las técnicas es impecable y está cuidadosamente atemperado a las circunstancias que enfrentaron poetas como Carlos Contramaestre o Caupolicán Ovalles. Esta inteligencia creativa fue lo que les permitió actualizar la lírica nacional para descentrar al lector con el shock que suponían las entregas de Rayado sobre El Techo o las exposiciones necrófilas. Antes habían existido algunos embates de la estrategia desarrollada por Charles Baudelaire, como ocurrió con Manuel Díaz Rodríguez y, con más fuerza, con Guillermo Meneses. Sin embargo, con el coletazo de la ballena ya no había vuelta atrás: el público no podía permanecer indiferente.

Cuando abrimos la selección de escándalo hecha por Calzadilla, estamos ante una fina recuperación de los manejos dadaístas gestados en nuestro país. Es curioso ver cómo las intenciones del grupo nacido en Suiza para perturbar a la sociedad eran efectivas en la comunidad caribeña y podemos afirmar que los escritores reunidos bajo el rótulo de la ballena, terminaron de derrumbar la idea del aura que rodeaba al arte venezolano. Así entramos en lo que Hans Robert Jauss, revisando la obra de Apollinaire, denomina el arte post-aurático.

ballena-3Ahora bien, ¿qué es el aura de la obra de arte? Es un concepto desarrollado por Walter Benjamin. Recordemos que el origen del arte, en muchísimas culturas, está íntimamente relacionado con la representación de divinidades. Desde las venus paleolíticas hasta la Capilla Sixtina, las materializaciones de la pintura y la escultura han servido para darle cuerpo a las deidades. Más allá del espíritu sagrado que, para los creyentes, poseían estas expresiones, tomemos en cuenta que, al mismo tiempo, las técnicas empleadas para realizarlas eran de difícil acceso y ejecución, cuando no eran consideradas únicas como ocurre con el trabajo pictórico de Miguel Ángel. Por lo tanto, al no tener las capacidades para reproducir miles de imágenes, se concentraban los esfuerzos en una que sería central para el ritual y el espacio sagrado erigido en honor al dios. De este modo, la pieza solo se podía apreciar en el templo y, a veces, exclusivamente durante el ritual. Con la secularización de la sociedad, el acceso a la imagen perdería el halo místico, pero seguiría siendo necesario asistir a un sitio en específico para observarla. En conclusión, el receptor continuaba participando en una suerte de ritual para visualizar la pieza, ésta te forzaba a reconocer su aquí y ahora.

Cuando las técnicas de reproducción masiva surgen, ese fenómeno desaparece. Ya no tenemos que hacer largas colas para apreciar la Mona Lisa, basta conectarnos a Google para hallarla en excelente resolución, todo desde la comodidad de nuestras computadoras. El cambio surgió en el siglo XIX con el nacimiento de la fotografía y se fue agudizando con una rapidez vertiginosa. En Venezuela, ya los artistas geométricos habían experimentado con esa propiedad de las nuevas técnicas de producción, de allí que Calzadilla los critique por «adornar» la ciudad:

El estilo geométrico es patrón dictado. Éste vacía el contenido humano para apoyarse en una forma pura con la que se aspira a embellecer estéticamente la vida, en términos arquitectónicos, fuera de los museos y espacios murados…

Por mucho que se quiera distanciar del gesto descrito, esa invasión que hizo el arte de los espacios urbanos es la misma que orienta la labor de los balleneros: el ritual en torno a la pieza se ha modificado. Lo que sí es cierto y, en buena medida, debemos a los cetáceos, es que la eliminación del aura nunca se había usado con la agresividad necesaria para forzar la consciencia ante las nuevas circunstancias.

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Una cita de La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica, de Benjamin, nos permite describir este fenómeno que se relaciona con lo que Ángel Rama describió como «terrorismo en las artes»:

De hecho, las expresiones dadaístas aseguraban una distracción más bien vehemente al hacer de la obra de arte el centro de un escándalo. Ante todo, tenía que satisfacerse una exigencia: crear indignación pública.

En los dadaístas la obra de arte dejó de ser una apariencia atractiva o una estructura sonora convincente para convertirse en un proyectil.

Esta idea atraviesa el trabajo de Adriano González León, Juan Calzadilla, Caupolicán Ovalles y demás compañeros de la peña que nos ocupa. Es el resultado de su desgarrada modernidad. El humor y la ligereza con que manejan sus materiales para señalar a la sociedad, los hermana con la poesía de Apollinaire y los ready made de Duchamp, artista que oportunamente da portada al libro con su obra L.H.O.O.Q. En otras palabras, cuando Contramaestre guinda unos trozos de carne en una galería improvisada, está reafirmando el carácter fragmentario y transitorio de la Caracas que le tocó vivir, al mismo tiempo que denuncia una comunidad pacata y superficial. Aspectos desarrollados por el texto de González León que acompañó al catálogo en 1962:

Pero hay una categoría de gentes, quizás la mayoría, a quienes se nos pretende negar cualquier forma de encuentro, postergación o búsqueda de la propia muerte y el propio amor. La actividad de los amantes limitada por las Ligas de Buenas Costumbres. La acción del necrófilo ofendida en su limpidez rectificadora, porque una muerte cotidiana, fabricada en los laboratorios policiales, asedia constantemente nuestra voluntad de elección.

La agresividad con que trabajaron impidió que pasaran desapercibidos. Es más, para repetirlo otra vez: modificaron el manejo de las artes. La recepción ingenua siempre existirá pero ahora no forma parte del trabajo profesional del artista.

Sin embargo, todo movimiento literario tiene dos momentos: uno de subversión y otro de canonización. Calzadilla, más allá de su labor compilatoria, en los prólogos que acompañan a la edición, insiste en manejar un tono beligerante y subversivo. Esas características, esenciales en la prosa y la poesía que forjó en los años sesenta, se vuelven extrañas al considerar el espacio desde donde habla. Ya no está publicando en una plaquette disidente y quien fuera un autor marginado ahora tiene un volumen de su trabajo editado por Biblioteca Ayacucho. Si bien minó las bases de la sociedad en la década de los sesenta, hoy se sostiene sobre ellas y muchos aspectos de su discurso caen en la contradicción.

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Así su continua defensa del surrealismo termina pareciendo un método ineludible en la iniciación poética: «Soy de la opinión que [las técnicas de la escritura automática] siguen constituyendo la mejor fuente de información para la iniciación en los talleres literarios». Entonces, ¿los aspirantes a bardos deben pasar necesariamente por la experiencia de una vanguardia desarrollada hace casi un siglo? Por otro lado, ¿es en verdad escandalosa esta antología para un público lector que ha digerido sus técnicas y las ha posicionado en el registro de la tradición y de sus Escuelas de Letras y talleres literarios?

Algunas líneas se vuelven injustas. Tomemos por ejemplo los comentarios referentes al estilo geométrico:

Las proposiciones están inspiradas o calcadas de modelos europeos, impuestos para reclamar un sello de contemporaneidad, el artista repite uno a uno gestos, palabras, poses ya cumplidas, traslada un esquema en boga que procede de la estética más radical de los años veinte y treinta…

¿Un adversario no podría esgrimir la misma afirmación en contra de los balleneros? Es más, la podría sustentar con una cita de Ángel Rama:

No sólo en El Techo de la Ballena sino en todos los movimientos intelectuales de la época se registra una rápida y muchas veces superficial o indiscriminada apropiación de valores europeos, trátese de André Breton, de T. S. Eliot o de Jean Paul Sartre…

La actitud de las páginas escritas recientemente se torna irónica en algunas citas si tomamos en cuenta las circunstancias actuales. Consideremos la crítica que hace «al intelectual que, renunciando a su vocación, se plegaba a las ventajas que la burocracia y el poder le ofrecían en la administración pública y en el servicio diplomático». Si miramos con una severidad innecesaria, muchas ideas se girarían para modernos.

ballena-7El tiempo ha hecho su trabajo y quienes fueran subversivos en los años sesenta, gracias al esfuerzo y la solvencia practicados, se asientan como maestros. Ellos, con justicia, ocupan los espacios de la cultura hoy en día y hacen la necesaria renovación de los valores artísticos. Sin embargo, al leer «Mi santoral de poetas de Venezuela», de Jotamario Arbeláez, cuando recupera el momento en que le concedieron el premio Víctor Valera Mora, me pregunto si lo antes asentado justifica la siguiente cita: «ese poeta [Víctor Valera Mora] que tuvo tantas carencias materiales ha hecho mi vida plena a través del jugoso premio que con su nombre me concedió la Fundación Rómulo Gallegos».

No niego la calidad de los trabajos reunidos; sería necio disimular la ansiedad con que así el libro al adquirirlo. Pero sí agradecería una actitud más comedida de aquellos que han alcanzado la cúspide de la cultura y han asumido posiciones de poder en los últimos tiempos. Al echar esto en falta, se siente que el esfuerzo por destruir el aura de la obra de arte solo sirvió para restituirla ahora que exigen «la veneración debida» («Mi santoral de poetas de Venezuela», Jotamario Arbeláez) a sus poemas.

 

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