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«PARTIR», de Alejandro Sebastiani Verlezza

El poeta Armando Rojas Guardia se detiene en “Partir”, el poemario de Alejandro Sebastiani Verlezza y lo define cuando escribe: " es una celebración verbal del movimiento.Del movimiento como signo privilegiado de la expansión de la conciencia."

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No existe prueba más evidente de la voluntad patológica,autoaniquiladora y tanática implicada en la psicología de José Antonio Ramos Sucre que aquella frase de su poema “Preludio”:”El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo”. En efecto, la pretensión de rechazar y negar el movimiento se traduce, existencialmente hablando, en el rechazo y la negativa, no sólo de la vida considerada en sí misma, sino también y sobre todo de la existencia en cuanto tal. Querer suprimir el movimiento significa mutilar el dinamismo esencial de lo que existe. Los griegos se vieron en la necesidad filosófica de encarar la bifurcación ontológica representada, de un lado, por la concepción estática e inmovilista del Ser de Parménides y, por otro, de la fundamentalmente dinámica de Heráclito, para la cual el movimiento era la característica primordial de la realidad. El intento de salir de esa esquizofrenia óntica generó filosofías como la de Empédocles, cuya búsqueda consistió en tratar de conciliar ambos extremos: el Ser en sí, vertical, redondo y estático, y el horizontal, lineal y móvil del río entintativo heracliteano.

“Partir”, el poemario de Alejandro Sebastiani Verlezza, es una celebración verbal del movimiento. Del movimiento como signo privilegiado de la expansión de la conciencia. Se trata, a su intransferible manera, de una meditación lírica sobre lo que constituye la esencia misma del desplazamiento espacial; en ese sentido, sobre la naturaleza de la experiencia del viaje: la migración espiritual ajena a la connotación turística que la modernidad ha inyectado en la idea del viajero: el movimiento como crucial momento de la condición humana, como maravilloso espectáculo, como ontológica aventura: el riesgo de ponerse en camino, la felicidad de los nómadas y los peregrinos, la concepción del mundo como juguete cósmico que nos transporta, criaturas errabundas bajo el amparo cóncavo de la madrugada metafísica, a todo lo largo y ancho de la piel iridiscente de lo real.

Dice  Henry David Thoreau, en su libro clásico titulado “Caminar”:  “En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de Caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de “sauntering” (deambular): término de hermosa etimología, que proviene de “persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse “à la Sainte Terre”, a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: “Va a Sainte Terre”: de ahí, “sainterer”, peregrino (…) Hay, sin embargo, quienes suponen que la palabra procede de “sans terre”, sin tierra u hogar, lo que, en una interpretación positiva, quería decir que no tiene un hogar concreto, pero se siente en casa en todas partes por igual. Porque éste es el secreto de un deambular logrado”. De la experiencia de este deambular casi sagrado, casi místico, se nutre toda la poesía contenida en “Partir”. Perdone el lector la anécdota aparentemente ociosa pero significativa porque ostenta la fuerza de un símbolo: el ejemplar que tengo en mi biblioteca de “Caminar”, de Thoreau, es un obsequio personal de Alejandro Sebastiani para mí. Al recibirlo de él, recordé que el mismo Alejandro ha caminado y aún camina con frecuencia desde Chacao hasta La Candelaria, donde vive: un trayecto de muchísimas cuadras transitado por él con un empeño ascético y gozoso que despierta en mí una santa envidia.

Leyendo y releyendo “Partir”, he vuelto a pensar en las páginas memorables que Walter Benjamin dedicó al “flâneur”, al paseante urbano de los siglos XIX y XX. Pasear, tanto en la obra de Benjamin como en la Alejandro, se transforma en la vivencia de una especie de religiosidad laica y profana. Arturo Uslar Pietri la formuló bellamente en “La ciudad de nadie”: “(…) sufrir y gozar con el espacio inagotable que puede llegar a separar dos puntos, y que hace que el veneciano gaste algunas de las más azules y doradas horas del día para ir apenas desde la punta de la Salute hasta la plaza de San Marcos”.

Ahora que Venezuela se ha convertido en lo que nunca fue, un país de migrantes, “Partir” arroja una luz cruda sobre la naturaleza del viaje y de cualquier tipo de traslado espacial. En sus páginas nos es otorgado, como ante pocas instancias estéticas y literarias, reconocernos y paladear a fondo lo que nos depara el momento histórico que actualmente vivimos.

 

 

Esta foto es de Teampoetero instazu.com