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Roberto Echeto: Hay que crear un nuevo léxico para hablar de Caracas

El ganador del Premio Transgenérico realiza un estudio íntimo sobre los inescrutables enlaces que hay entre los objetos y la poesía

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Meditaciones, anotaciones, ensayos, ideas. Leer Maniobras elementales es adentrarse al pensamiento de Roberto Echeto sin anestesia y sin guión. El escritor libera parte de su mundo interno en un texto que le valió el XV Premio Transgenérico  2015 que entrega la Fundación para la Cultura Urbana y que además, invita a reflexionar sobre procesos naturalmente humanos que pocos se detienen a analizar.

Por contar, entre otras cosas, con una “efectiva prosa plástica que en ocasiones roza los territorios del aforismo filosófico”, el jurado le otorgó el mencionado reconocimiento. También llama la atención a lo largo de la obra, la conjunción de diversas temáticas y expresividades características de la condición humana, como la música o las artes. Pero no es solo eso. Describir el tema central, lo que busca el autor con esta obra, es complejo. Incluso él lo admite: “hablar sobre este libro es complicado”.

Y es por eso que conversar con el escritor se vuelve interesante. Darle un sentido a este cúmulo de textos, cuyo hilo conductor se desvanece página a página y reaparece cuando se había olvidado, merece atención y explicación. Encontrarnos en un café caraqueño, cerca de las 10:00 am antes de que el calor aflore, sirvió para tener una impresión más clara del autor de Breviario galante (2004) y de La máquina clásica (2011), para obtener así una cuenta más incisiva de su última publicación.

***

Roberto Echeto no es particularmente abierto ni sonriente, aunque el humor está presente en parte importante de su obra como escritor. A primera vista es un hombre pensativo y asertivo. Su ritmo, pausado, evoca tranquilidad  y contrasta con la alocada ciudad que lo rodea. Sin embargo, el claxon de cualquier auto, la sirena de una ambulancia, el rugir de las palmas golpeadas por el viento y hasta el murmullo del resto de la gente en el café, parecen inquietarlo. “Si Caracas fuera un panal, produciría cicuta”, dice Echeto en Maniobras elementales. Pero nada de eso resulta inconveniente, vamos a conversar:

— ¿Qué de Roberto Echeto  refleja este libro?

–No lo sé, creo que está todo. Los libros son parte de lo que somos. Cuando escribes un libro estás allí dentro. A veces te inmiscuyes de una manera, a veces te inventas un personaje para hacer esa inmersión, pero finalmente estás allí. Estás transformado en lenguaje, transformado en decisiones que tomas, decisiones de escritura incluso: qué tono usar, qué palabra usar. Uno se transforma en el texto.

–En esta obra en especial, aparte de eso, hay un montón de intereses personales, muy míos, que se manifiestan a través de reflexiones sobre la música, sobre objetos de arte, sobre algunas piezas arquitectónicas—dice  y continúa: “Realmente, el libro trata de cómo trastocamos nuestra percepción sobre los objetos y sobre la vida en general a través de cultivar la mirada. Cultivar eso que nos permite percibir los objetos y la realidad de una manera distinta a como son.

— ¿Cuáles son las “maniobras elementales” que encontramos en el libro?

–Una de ellas puede ser la transformación de los objetos a través de una mirada detenida; o de una visión de las cosas que no es utilitaria sino que busca la belleza o entender la estructura que se conecta con la belleza de los objetos.

El canto de los grillos dice «eres de aquí »,«eres de aquí »,«eres de aquí », «eres de aquí », «eres de aquí »,«eres de aquí » , «eres de aquí »

–Nuestra conexión como caraqueños con el sonido de un grillo, por ejemplo, es otra maniobra elemental- señala Echeto- es una conexión emocional, una conexión estética, una conexión con la tierra, con el lugar, que se vuelve intransferible porque le explicas eso a un ucraniano y no lo entiende. Quizás la conexión que él tenga con la nieve nosotros no la podemos entender. Darse cuenta de que esas conexiones nos tocan, nos forman, nos golpean, es un ejercicio de inmersión y de observación interior. Es decir, no solo toca el grillo y el sonido, si no entender qué pasa contigo cuando escuchas al grillo.

–Lo que ocurre allí es una apropiación natural – explica  el escritor –nosotros hemos hecho nuestro el sonido del grillo y ese sonido es tuyo y no te lo quita nadie. Está en tu memoria, forma parte de tu densidad emocional. Donde estés, y lo oyes, te conectas a una realidad inmensa. Esa apropiación es como la que hay en el urinario de Duchamps o con cualquier otro objeto que fue sacado de su contexto. Nosotros nos apropiamos del objeto. Cuando Marcel Duchamps se apropió de una pala, de un urinario, o de un rollo de pabilo, el resultado de esa operación es que el contexto y la red de contenidos, la red de comentarios que puede contener esa operación, es tan importante como el objeto en sí. Entonces ese urinario tiene dos dimensiones: una que forma parte del comentario  y está hecha de palabras y otra que está hecha del objeto material de cerámica que, el caso de Duchamps, está en un museo, y en el caso de Vencerámica en un baño. Eso ocurre con todo. —

maniobras-elementales

–¿Cómo introduce el silencio en la obra y qué trascendencia tiene para usted el silencio?

–La historia del silencio que hay en Maniobras elementales es la de los cinco segundos que hay al comienzo de los discos de ECM. Manfred Eicher te regala cinco segundos de silencio en cada pieza y ahí la consideración es por qué lo hace. En mi opinión, lo hace porque vivimos en un mundo hiperruidoso. Claro, lo que es divertido es notar que el ruido en Noruega, Alemania, Madrid o Nueva York es distinto a lo que nosotros como caraqueños consideramos ruido. Para nosotros el ruido es una constante, es una invasión de todos los días. Estar en tu oficina o en tu casa trabajando o leyendo y de repente un taladro, un martillo, o un taladro y un martillo combinados, un esmeril, un aparato que hace una bulla espantosa. Aquí todo cruje, todo es un traqueteo, un golpeteo, y estamos tan habituados al ruido que consideramos que eso es la vida. Se nos olvida que nosotros tenemos necesidad de un espacio, de silencio, de intimidad.

–Pero el escritor también se encarga de analizar aquellos ruidos del pensamiento que aparecen solo en la soledad-acotamos

–A esos le tenemos terror. Uno se da cuenta  que el ruido que generamos y al que nos hemos habituado, es un ruido que te distrae de aquellos que finalmente te llevan a pensar que eres finito, que eres una materia biológica que está viva y que produce ruido precisamente porque está vivo, pero que algún día dejará de hacer ruido. Nos da terror pensar en eso y reconectarnos con esa idea, por eso hacemos ruido, para simular o exagerar la vida. Pero más allá  de eso, nosotros mismos vivimos ocupando un espacio que si no fuese ocupado sería silencio. Entonces nuestra relación con el silencio es una relación de conflicto, de figura/fondo. Resaltar el silencio, ocuparse del silencio, es resaltar  que no solo somos algo concreto sino que somos también los vanos, lo que está entre nosotros, esa la parte vacía.–

Durante todo el libro hay una idea que Echeto llama “río oscuro” y que define así: “Son emociones que están crudas adentro, percepciones que están cruzando a través de ti”. Otra parte importante de la búsqueda del silencio es entender que solo con él se puede poner orden en ese caudal de emociones para transformarlas en otras cosas.

Sobre el particular afirma: “El silencio te permite el cultivo de una densidad emocional importante para toda la creación. Cultivar nuestra conexión con el “río oscuro”: ¿Para qué te sirve? ¿Cómo lo puedes lograr?  Hay muchas formas. Lo que me parece preocupante es la idea de un silencio  vano. Una cosa sin importancia, un hueco. Yo creo que no es así.

— ¿Cuál es el diagnóstico que le da Usted a Caracas?

–Cualquier día de estos va a explotar y se va a hundir sobre sí misma y va a desaparecer – dice con seriedad.  Aunque pudiera parecer una broma, Echeto lo evalúa con cuidado. “Esa desaparición y esa corrosión es lenta, lenta y dura y ni el Ávila, ni el cielo son suficientes para atenuar ese proceso de desintegración”, dice.

–Lo que veo es que la corrosión material de una ciudad como Caracas es la consecuencia de una corrosión espiritual de su gente y hasta que no la detengamos, si es que eso se puede detener, no vamos a pausar la corrosión material. No importa lo que hagamos o digamos, es irreversible. De hecho yo me siento como Jor  diciendo que Krypton se destruiría pero nadie le creyó. En Maniobras elementales Krypton es extraño: “Sus habitantes dicen que lo aman pero en cuanto pueden, se marchan (…) Soñar en un planeta hostil cansa”, agrega el autor.

Cuatro
En Krypton tiembla todas las noches.
Las arenas han perdido su color de plata y se han tornado negras.
Los árboles se secan y sus venas se vuelven de piedra.
El fuego sale de la oscuridad y se esparce silencioso, como un ejército solitario

El tema de Caracas está tan desmenuzado que para Echeto es vital que nos replanteemos un nuevo lenguaje para hablar sobre ella por eso expresa : “Necesitamos un remozamiento del lenguaje con el que se habla sobre Caracas, porque está agotado. O es un lenguaje de los años 40 y 50, pleno de modernidad o es un lenguaje apocalíptico o bukowskiano. Se habla de Caracas como quien habla de una ciudad de Tarantino o de Bukowski y considero que necesitamos renovar las imágenes, para así poder renovar nuestra relación con la ciudad. Eso no quiere decir cambiar mi relación con la piedra, con el muro o con el edificio, me refiero a renovar nuestra relación con la ciudad en sí y eso ahorita se nos está negado por todos lados desde el punto de vista político, desde el punto de vista cultural, espiritual, lingüístico, literario, social.

En un rato Roberto Echeto irá a recoger a sus hijos del colegio. Dice que aunque su visión de Caracas, tal y como aparece en el libro es apocalíptica y afiebrada, esto no quiere decir que la ciudad deje de pertenecerle. De hecho, él no se va. No sabe cuál es el plan, pero no se va y  deja constancia de ello :”Nosotros tenemos un tema con la tierra que no está todavía bien trabajado. La gente se ha ido para el carrizo, se van y dejan sus casas, dejan al perro, a los papás, a los abuelos, amigos, novias… se van y cuando están por allá, nos hacen creer que la están pasando bien, pero no es así. Ellos extrañan todo, pero extrañan también la tierra , el lugar, el olor de la tierra, ese que está en nosotros y no no damos cuenta(…) El día que me di cuenta de que el lugar, con todo y lo feo y horrible que sea, es mi lugar, que me di cuenta que estoy hecho del mismo barro físico y conceptual, ese día dije no me voy, yo me quedo y digo todas las barbaridades que me pasan por la cabeza. Sea apocalíptico o no yo tengo todo el derecho de decir porque este lugar también es mío”.

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