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Roland Ramírez: el arte se construye con sensaciones

Su muestra, “La piel intemporal”, estará en exhibición en la Galería Okyo, de Las Mercedes hasta el 27 de noviembre

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 Sus piezas artísticas están envueltas por el realismo mágico. Paisajes de la selva venezolana bañados de luz, escenarios bucólicos, cuevas, corrientes profundas del río Caura, intervenidos por cestas artesanales indígenas, constituyen las 10 piezas que conforman el imaginario construido por el artista venezolano, Roland Ramírez Ferrer, para dar vida a su muestra, “La piel intemporal”, que se encuentra en exhibición en la Galería Okyo, de Las Mercedes.

El ambiente huele a incienso y el soundtrack lo componen unos acordes de guitarra. Sus ojos parecen las aguas cristalinas del Caura y su prosa es tan cautivadora como su arte. “Por sensaciones empiezo un cuadro. Un día me levanto y digo: `Hoy siento que voy a pintar en amarillo`, entonces ese es el color que va a predominar en esa tela” explica el creador que desde hace más de dos décadas se interna en las selvas del estado Bolívar, a compartir con la etnia yekuana.

A Roland Ramírez el arte le fluye por las venas como una corriente de río. “En mi casa, mi papá (Félix Ramírez) y mi mamá (Carmen Ferrer) hacían arte. Mi mamá tenía un taller y mi papá dibujaba –me hacía caricaturas- entonces yo tuve contacto con el arte desde chamito”, explica el también profesor de Comunicación Visual, en el Centro de Diseño Digital.

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La huella de Los Yekuana , la más avanzada tecnología y pintar a mano constituyen parte de la obra sensorial de Roland Ramírez Foto: Edisson Urgiles

Su aprendizaje artístico estuvo muy influenciado por el artista Pedro Centeno Vallenilla –quien también fue maestro de su madre-. “Un día, cuando tenía como 18 años, fui al taller del maestro. Toqué el timbre y dije: ´Mire, yo soy hijo de Carmen´, y él me respondió que lo único que tenía que hacer era ir para allá con un cuaderno y un lápiz”, rememora Ramiréz. Desde entonces, durante varios años, fue dos o tres veces por semana a dibujar anatomía en ese taller. Posteriormente estudió escultura y pintura en la Escuela Cristóbal Rojas, y aprendió litografía con el maestro Luis Guevara Moreno.

Después se fue a París. En la década de los 80 obtuvo una beca e ingresó en la Escuela Superior de Artes Decorativas en Francia, donde estudió pintura, grabado, técnicas tridimensionales y escultura. Así obtuvo una amplia formación, que devino en más de 30 años de trayectoria artística y lo han hecho merecedor de dos premios, el Premio Albert Elseres (1985) y el Premio René Perot de Dibujo (1986).

¿Cómo ha sido la evolución de su trabajo artístico en las últimas tres décadas?

-Ha sido como paralela a la historia del arte; inicié por la perspectiva y lo clásico. Mis primeros trabajos estaban muy inspirados en el Renacimiento, la arquitectura, perspectivas y personajes –aprovechando la escuela que tenía del maestro Pedro Centeno-. Después me fui desvinculando de los personajes, para pasar a algo más expresionista, como son los paisajes y me fui a la selva. Era asistente de Phillip Desenne, director de la Estación biológica del río Nichare -que significa la casa del murciélago- en el estado Bolívar. Cuando tienes un mes en la selva,empiezas a tener alucinaciones auditivas con sonidos urbanos e industriales y también visuales. De repente con el rabillo del ojo, volteas así, y crees que hay un catedral, pero es el efecto de la luz, las curvas de los bambús, las copas de los árboles. Entonces empecé a pintar eso: las catedrales que alucinaba.

–¿Viajó a la selva para inspirarse y pintar, o la selva le habló de la necesidad que tenía de ser plasmada en un lienzo?

-Las dos. Primero me fui para aprender a pintar los reflejos del río, el color de la luz filtrándose a través del bosque. Eso fue por el año 93 al término de una exposición en la Galería Minotauro. En los siguientes viajes a la selva me empeñé en sustituir la catedral por algo más nuestro.

Ramírez, quien se considera un enamorado del Renacimiento, también lo es de la selva venezolana.  “La selva para mí es la vivencia, no tanto lo que vi, sino el hecho de dormir, amanecer, comer casabe, pescar. Las noches allá son larguísimas, si tienes insomnio son eternas, pero las de luna llena son espectaculares porque la luz se filtra a través del follaje, ilumina el piso, como si fuera un luz artificial”, cuenta el artista.

¿De dónde surge la idea de intervenir paisajes naturales venezolanos con la cesta yekuana?

-De las primeras alucinaciones que tuve sobre catedrales. La catedral es una estructura geométrica en perspectiva, con un punto de fuga en el medio y con un gran vacío, así veía yo esos caminos selváticos. Después la idea era ya incluir algo más autóctono, entonces empecé dibujando una churuata, pero no me gustaba y de ahí surgió un sueño donde los animales –ranas y monos-  daban vueltas  a mí alrededor.

¿Qué aprendizajes y experiencias ha obtenido de su convivencia con la comunidad yekuana?

-La convivencia fue bellísima, les hacía retratos y cuadros, los ayudaba en las excursiones a recolectar los bejucos para elaborar las cestas. Creé un vínculo muy grande con los yekuanas, incluso estuvieron en mi casa y visitaron mi taller de Carayaca. Una vez los llevé hasta Puerto La Cruz, los monté en un peñero y les di una vuelta por mar, ellos nunca habían visto el mar. El trabajo de cestería que ellos realizan me ha influenciado mucho, su modo de vida y también su forma colaboradora de ser.

–Una vez en el taller de Carayaca, ¿cómo fue el proceso de creación de la Piel intemporal?

La piel intemporal es una dicotomía. Son dos cosas: una; la parte expresiva propiamente dicha con la pintura, que puede venir de un paisaje o de un experimento abstracto de manchas. La otra parte viene del estudio de ingeniería que hice cuando fabriqué la cesta con un programa de diseño. Luego piloteo el resultado en un papel bond y lo pinto a mano.

–La experiencia en el taller es distinta- explica Roland Ramírez-  en la selva uno está como como si fuera un explorador: observando todo, captando; mientras que en la traquilidad de Carayaca, estás creando y recreando la sensación que la selva te dejó.

¿Qué significa para usted ser artista en la Venezuela actual?

-Creo que es un reto fuerte. Aquí no producimos muchas cosas y el arte está en el último lugar en las necesidades de los venezolanos.Tenemos demasiados problemas qué resolver. Esta mañana, por ejemplo, tuve un problema con el carro, no conseguía  el aceite y eso es una calamidad prioritaria. Igual encontrar las medicinas, hacer el mercado, y por eso creo que el arte ya es un lujo. Antes una  familia joven, clase media, podía ir a la Galería y comprar un cuadro, ahora es más difícil. Yo trabajo muchísimo como pintor y como docente y la remuneración que recibo es “espiritualmente” gigantesca.

¿La crisis política, económica y social que atraviesa Venezuela interviene su trabajo   artístico?

-Claro, de hecho, yo estoy vinculado a los yakuanas, que son una etnia en extinción y tienen un enemigo mortal: el Arco Minero. Hay muchas personas que están dejando de hacer artesanía para traficar oro. Parte de mi aporte, en este caso, es resaltar esa cultura y llamar a que no se desarrolle el Arco Minero, porque sería un asesinato. Esos son unos paisajes fabulosos, una reserva de agua potable y además una riqueza humana que debería ser protegida.

¿Explorador, creador o profesor?

-Yo diría… profesor inventor

 

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