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“Roma”, la joya de Alfonso Cuarón

Fedosy Santaella, asume la película " Roma" como una historia de amor, como un documental sociológico con fragmentos de la biografía de Cuarón y de la suya también a la hora de interpretar esta inquietante película.

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Cuando empecé a ver sitios donde vivir en México, visité un par de casas con escaleras de caracol al fondo de la cocina o en el patio que daban a unos cuartitos en la parte superior, sobre la azotea. Me parecieron, en su momento, lugares excelentes para poner un apartado y silencioso estudio. No tardé en enterarme de que esos cuartitos separados de la casa, intermediados además por aquellas inacabables escaleras, estuvieron o estaban destinados a las habitaciones de las domésticas. En un cuento de Guadalupe Nettel, «Guerra en los basureros»[i], un chico de unos once años, hijo de hippies volátiles y en proceso de separación es llevado a vivir donde su tía, y a la tía, un tanto estirada ella, no se le ocurre mejor cosa que poner a vivir al sobrino vergonzoso en una de esas habitaciones apartadas junto con las señoras de servicio. Es un cuento que muestra sin escándalos la separación social de ambos mundos, pero al mismo tiempo su interrelación compleja.

Hoy día he visto familias que tienen a su servicio a las llamadas nanitas, así como a una señora que cocina y limpia e incluso un chofer. Las nanitas, por lo general, viven en los apartamentos o casas, se ocupan por completo de los niños y van con ellos a todas partes, tanto solas como en compañía de los padres.

Por supuesto, estamos ante una tradición sociocultural que ha pasado, en muchos casos, de las casas a los departamentos, pero que sigue allí, con todo lo que se pueda o no reprochar o criticar. No es mi interés afincarme en ello, sino más bien contextualizar el pequeño gran escenario en el que se mueve Roma, la más reciente cinta de Alfonso Cuarón, una obra magnífica, así lo creo, que está dando y que dará mucho de qué hablar. Ya se llevó, para empezar, el León de Oro en Venecia, y ha sido elegida por la academia de cine mexicana para representarla en los Goya y en el Oscar. Le queda, sin duda, mucho por delante, contando incluso con su estreno para el mes de diciembre en Netflix, empresa que produjo la cinta, no sin sobradas causas, pues Cuarón, junto a Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu, es uno de los directores fuertes de México en la industria cinematográfica de los Estados Unidos. Recordemos que Cuarón ganó el Oscar a mejor director en 2014 por el film Gravity, y ha dirigido, también para los grandes estudios, producciones potentes y de gran presupuesto como Harry Potter y el prisionero de Azkaban e Hijos de hombres.

ROMA AFICHE: “El director fue el primero en mostrar el afiche en sus redes. Al postearla escribió: “La familia es una memoria que todos compartimos”.

Ahora Cuarón se anota otra cinta notable que rescata, según ha dicho él mismo, mucho de su vida familiar de los años setenta en la colonia Roma de Ciudad de México. Con todo, no es su alter ego niño quien protagoniza la historia, sino dos personajes femeninos que, en sus avatares, resultan entrañables. Alguno podría decir que Cuarón se acomoda así a la corriente activista de nuestros días, pero, más allá de las bogas y los usos del momento, está la sensibilidad del artista, su capacidad para convertir en arte la materia de uso común, y es allí donde Cuarón nos ha regalado una magnífica pieza, una joya en blanco y negro que pone en alto la dimensión humana de Cleo (Yalitza Aparicio), una nanita muy joven de origen mixteco y de Sofía (Marina de Tavira), ama de casa florero con esposo y cuatro hijos.

Roma resulta un acierto en la búsqueda de los lugares justos del drama y en el propicio escape de los facilismos cursis de un argumento que, en manos de otro, hubiera podido derivar en una pésima telenovela. La consabida Marimar de Thalía tiene en este caso rostro de muchacha de origen indígena que se enamora y es inocente, como en las telenovelas, sí, pero que no termina teniendo finales felices a la usanza rosa. Y hay galanes, por supuesto, pero les falta altura y brillo azul. Más bien ellos son, digamos, los del drama barato pero atrozmente real.

SOFÍA CON LOS HIJOS: “Sofía, una mujer relegada a los cuidados del hogar, lucha con amor por mantener a su familia de pie”

El primero es Antonio (Fernando Grediaga), el padre de la familia, médico altivo con un enorme Ford  Galaxie que lo distingue como espécimen triunfador. Los cuatro hijos son también señal de su éxito; a más dinero, más hijos para que la mujer los cuide. Antonio, gran señor estudiado que lleva dinero a la casa, resulta una figura distante y severa; su casa es apenas el lugar donde va a descargar su cansancio y, cómo no, sus frustraciones. Nunca está, ni tampoco estará del todo. El segundo galán, Fermín (Jorge Antonio Guerrero), llevará a Cleo a la cama y desaparecerá cuando le toque asumir responsabilidades. En una escena íntima y divertida en la que Fermín descuelga la barra de la cortina del baño y hace una demostración nudista de sus dotes de samurái mexicano, nos enteramos de que él se ha alejado de los peligros de la delincuencia gracias a la disciplina de las artes marciales. El espectador, al igual que Cleo, piensa que el chico quizás sea un buen partido, pero pronto nos damos cuenta de que para ser un hombre decente hace falta mucho más.

En Roma, la presencia, el poder, la violencia de estos personajes masculinos es una sombra venenosa, una causa primera que lleva a las tragedias, a las debacles de las mujeres protagonistas. «No importa lo que te digan: siempre estaremos solas», le dirá Sofía a Cleo en algún momento de la cinta. Cuarón lleva hacia allá la historia. Sus personajes femeninos luchan a pulso, dentro de sus circunstancias humanas e históricas, contra el entramado social que las aparta y las confina a la casa y a sus silencios obedientes. En este sentido, el de la casa como reducto impuesto, podemos entender el título de la cinta, Roma, como una referencia al sistema patriarcal (del pater familias) de la antigüedad romana. La casa de la colonia Roma se presenta así como el domus del ciudadano patricio, el médico acomodado, en el caso de la cinta. Es Antonio el pater familias que está en la calle, que ejerce la vida pública, mientras que la señora, la patricia, aunque tiene mucha más libertad que la mujer del mundo griego, no deja de ser una figura que gira en torno al hombre, tanto dentro del espacio público como privado. En el film de Cuarón predomina lo privado, la casa, mientras que el mundo, lo público, se presenta para las mujeres como un lugar de cuidado, peligroso (de incendios, de traiciones, de balazos) en el que Cleo y Sofía se irán atreviendo de a poco, a tropiezos y con mucho dolor. El mundo como un lugar de miedos para la mujer es parte de la conformación de ese mismo sistema en el que los hombres tienen el poder.

Cleo, desde su inocencia, desde su bondad y agradecimiento, se convierte en una más de la familia, pero sobre todo, en un pilar. Quizás su visión del mundo sea limitada, pero es la que es posible para la circunstancia histórica, y no obstante, dentro de su fragilidad y su límite, resulta tan fuerte, tan digna y decidida que es imposible no admirarla y no sentir la humilde grandeza que está en sus silencios. Cleo ama, y Cleo además lleva volcanes por dentro, volcanes de dolor y de amor. La actuación de Yalitza Aparicio en ese sentido es prodigiosa, pues proyecta con precisión la inocencia y al mismo tiempo el temple de esta chica callada y tímida que le va dando la cara al mundo. Cuarón, en el festival de Venecia, habló de estas mujeres como la gente invisible que sufre injusticias y clasismo. Libo, a quien le dedica el director la película, es la nana que lo tuvo a su cuidado y en quien se inspiró para crear a Cleo. Liboria, ha dicho, no era para él una mujer, ni siquiera una indígena. Era invisible. Todavía hoy día, la gran mayoría de ellas lo siguen siendo. Cuarón, con este film, las ha puesto con toda su luz ante los ojos de la sociedad mexicana y latinoamericana, y a muchos les habrá dado un duro golpe y asuntos para pensar.

Sofía luce, al principio, como el ejemplar producto del molde social que se lleva con gusto y comodidad. Todo lo que es y lo que tiene gira en torno al esposo, al pater familias. Sofía, nos enteramos, es graduada, pero, es obvio que no hizo carrera por cuidar a sus hijos, por tenerle el domus siempre bien puesto al marido. Su vida parece destinada a depender de él y a servirle sin miramientos. También, a su modo, luce frágil como Cleo. En el fondo, no son muy distintas; alguna parte de ellas es muy frágil, pero también mucho de ellas se alza y se mantiene de pie y vive para el amor de los suyos, por el futuro. Sofía, no se dude, también fue en algún momento una de esas gentes invisibles de las que habla Cuarón.

Sin embargo, y creo que esto debe ser entendido sin maniqueísmos, los dos hombres de la cinta parecen estar tan condenados a su mundo como las mujeres. Ambos son esclavos de sus propios deseos, esclavos incluso de los destinos prefijados por la sociedad que en apariencia está hecha para beneficio de ellos. El médico ha de ser infiel, pero también ha de dejar a un lado el amor de su familia por irse detrás de sus asuntos de macho. Fermín se irá a su vez tras unos ideales de disciplina y un supuesto amor patrio que no son más que estrategias de manipulación política. Fermín formará parte de Los Halcones, grupo paramilitar que llevó a cabo la matanza de Corpus Christi en Ciudad de México, durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez. La matanza, cabe decir, está representada desde la mirada de Cleo, y da paso, con toda su fuerza de muerte, a un suceso cumbre de la cinta. No obstante, el film de Cuarón lo pone en claro: Fermín y Antonio dejan atrás una fuerza aún más poderosa y sutil, la del verdadero amor. Cleo y Sofía en cambio perviven en el lugar fundamental de los más hondos sentimientos, allá, en ese reducto que es la casa. El amor de estas dos mujeres hacia la casa y los niños se convierte así en una forma de lucha que debe mirarse y comprenderse, eso creo, como parte del difícil camino que recorren y han recorrido las mujeres para hacerse visibles y ocupar su merecido lugar en el mundo. Desde el espacio de la casa, muchas mujeres han formado y forman con amor hombres conscientes, diferentes, llenos de sensibilidad, que se permiten la emoción abierta, la delicadeza del arte, hombres que han de estar al lado de la mujer en su lucha femenina. Por supuesto, no todos acogen esa educación sentimental, no todos la continúan, y sólo unos pocos terminan haciendo fenomenales homenajes.

Cuarón apunta a las estrellas y las alcanza con su enorme talento de cineasta

Desde la estética, la cinta de Cuarón nos lleva, a ratos, hacia el cine de Fellini, como si se tratase de su Amarcord personal en blanco y negro. La comparación no queda en el aire, Cuarón, ya se sabe, recrea parte de la historia de su niñez, tal como lo hace el maestro italiano en su largometraje de 1973. El mismo Cuarón ha declarado sobre la influencia de Fellini en esta cinta. El viento que sopla durante la escena en la que el profesor Zovek entrena a Los Halcones, resulta un viento, en palabras del mismo Cuarón, absolutamente felliniano. Finalmente, el blanco y negro de la cinta ayuda en mucho a ese cuidado de la memoria, de momento histórico, de tono nostálgico, bello y triste. No podía ser otro color sino ése.

 

Roma es una pequeña joya, delicada, sutil que evita hundirse en las salidas y los sentimientos fáciles. En ella hay mucho respecto y amor por la historia, al público y al arte del cine. Quizás, un poco en contrasentido, las fallas que pueda tener se encuentren en esa contención, en ese cuidado, que podría quedarse a veces corto cuando es necesario un poco más de soltura. Pero esto ya lo dejo en manos del espectador. Roma va mostrando y acumulando, y al final, la conmoción estética y emocional es profunda.

Bien por Cuarón, bien por sus recuerdos, bien por el homenaje hermoso que le hace a esas dos mujeres de su pasado y a Roma, esa colonia que fue testigo de aquellos años formadores, dolorosos pero también felices del director, ahora convertidos en una pieza brillante cargada de poesía.

[i] Guadalupe Nettel. El matrimonio de los peces rojos. Páginas de espuma (México, 2013).