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” Salmos de la penuria” de Samuel González Seijas

" Es un libro de poesía que asemeja a un diario de oraciones sobre las penas de una realidad que duele y sobre la belleza de la resistencia del alma", explica Santaella.

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Una «espesura salvaje», un «suelo de venenos», así resulta la tierra sobre la que se entonan los “Salmos de la penuria” (Oscar Todtmann editores, 2018) de Samuel González-Seijas. El hombre, en este libro, se antoja desterrado, y el alma da también la sensación de estar doblemente desterrada: es paria de la tierra del hombre y paria de una tierra aún más distante, del paraíso originario donde aún habita el poder superior.

Salmos de la penuria” expone esa doble sensación de destierro. El alma se nos muestra enferma de desamparo, y si bien lo expuesto bulle en la devastación, el texto no deja de buscar una elevación que le permita al alma continuar, persistir, resistir. La voz que alza este canto tiene una creencia que, como toda creencia, no necesita ser razonada. Esa voz cree en un poder superior (indistinto), y a éste le canta, le reclama, le exige, le suplica, le increpa.

Platón, en el Fedón, discute la inmortalidad del alma, y hace decir a Sócrates, luego de muchos argumentos, que toda aquella justificación, por más racional que fuese, no podría sostenerse con empeño porque sería del todo insensato. Pero Sócrates también dice algo maravilloso. El filósofo, al estar consciente de que sus lucubraciones metafísicas no son del todo demostrables, dirá que, sin embargo, conviene creer en la inmortalidad del alma. Creer es la palabra clave. Vale la pena el riesgo de creer que el alma es inmortal, «pues el riesgo es hermoso, y con tales creencias es preciso, por decirlo así, encantarse a uno mismo» (114d). Ese encantamiento al que se refiere Sócrates tiene que ver con el ensalmo, es decir, con palabras benefactoras o de cura del alma. En el Cármides, Sócrates dirá que el «alma es curada con ciertos ensalmos» (157a). El alma se hace de ciertas palabras bellas (kaloí lógoi), tal como las llama el mismo Platón, para asentar la sabiduría en ella, la sabiduría que inicia la cura tanto del cuerpo como del alma.

De modo que puedo pensar o creer que esa voz que alza su canto hacia el poder superior obedece a esa pistis (creencia) que invoca el poder curador de las bellas palabras. De algún modo, podríamos decir, la voz de Salmos de la penuria no espera nada de Dios, sino de la creencia misma y de su capacidad para resistir. No es gratuito que uno de los epígrafes del libro sea una frase de Ratzinger que insiste en la importancia de volver a llenar de vitalidad las antiguas palabras que servirán para la gran tarea que nos espera. Es un acto de resistencia, ya se ve, el de las palabras que se elevan al cielo.

 

Señor, regálame una noche tranquila.

Aquieta el agua ruidosa y los vientos, detestables.

Concédeme la paz de respirar, el silencio necesario

como nieve

que cae de tus manos.

 

Así reza el primer poema, así solicita sosiego el alma. No pide salvación ni milagros, sino tranquilidad para el alma, que podría traducirse en fuerza, en resistencia del alma. En el siguiente poema, la voz pedirá una «playa de sosiego», y así, en varios momentos, veremos que el comienzo de su sanación está en el reposo de adentro

Podríamos decir también que esta voz que habla en el poema construye a un dios en la medida de su necesidad o mejor, de su desesperación. El monje pintor del Libro de Horas de Rilke (ese otro libro de oraciones elevadas al cielo) dice que los hombres construyen un muro en torno a Dios en la medida que van representándolo (recordemos que el monje es pintor). Aquí sus palabras: «Construimos imágenes delante de ti como paredes; / de modo que ya mil muros te rodean». La voz de Salmos de la penuria hace lo mismo, construye un dios, en este caso cambiante, pero que siempre, a todas luces, está presente en la debacle de ese país oscuro que nos recuerda a la Venezuela de nuestros días. Este es el muro que le ha tocado, así lo describe:

 

Hay un cerco entre ambos, enorme de agua o de viento

y de mucho ruido.

 

Tal dios resulta en ocasiones callado, en ocasiones ausente, en ocasiones furioso, justiciero, vengador, en ocasiones bondadoso, compasivo. La voz va construyendo al poder superior en la medida que avanzan los días. Así, Salmos de la penuria asemeja a un diario. Un diario de oraciones sobre las penas de una realidad que duele y sobre la belleza de la resistencia del alma; un diario donde todos los días esa alma no es igual, pero tampoco muy diferente.

Samuel González-Seijas, editor de reconocida trayectoria en editoriales como Mondadori, El Nacional y más recientemente en El Estilete, nos entrega, luego de Espesa marea (2014), este diario de pistis cotidianas que se aferra a las bellas palabras en medio de una «comarca de degüellos». Tales palabras bellas son los poemas de Salmos de la penuria, este soberbio, delicado y duro libro de Samuel González-Seijas que recién llega a las librerías del país, llevado, ya se dijo, de la mano cuidadosa de la editorial Oscar Todtmann. Un libro de poesía necesario para la Venezuela de hoy.