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Taller de narrativa: de la niebla y la humildad

Santaella inicia con este texto una serie de reflexiones sobre el oficio narrativo resultado de su experiencia como instructor de talleres

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En la primera sesión de mis talleres de escritura narrativa, advierto siempre a los participantes que estamos en un taller donde hablaremos de ciertas estructuras y las pondremos en práctica. En nuestras sesiones, explico, no nos vamos a sentar a discutir lo profundo de una idea, lo hermoso que habló aquella señora sobre el amor y lo fenomenal que le quedó a aquel joven su meditación sobre la muerte. Recuerdo que hace muchos años tomé un taller de poesía con Edda Armas. Al principio, la gente no hacía más que decir que este o aquel verso era hermosísimo. Todo resultaba tan exquisito que llegué a sentirme, no sin cierta confusión, en el Parnaso. Edda, por su parte, los dejó por un buen rato solazarse en la delicia; luego dijo que muy lindo todo, pero que al taller se iba a otra cosa, tras lo cual, con dolor de algunos, comenzó a diseccionar los poemas, a buscarle las frases hechas y los versos sobrantes, entre otros asuntos del corta y pule.

De eso se trata un taller de creación literaria. De buscar en los textos, de comentar, de hacer crítica estructural y estética a la búsqueda de que tu trabajo mejore. Así lo advierto desde el primer día. Siempre digo que no te ayuda quien dice que tu texto es hermoso, que tu texto es una belleza. Esa persona que opina aquello quizás no sepa nada literatura ni del trabajo estético, o posiblemente no te desee bien. O por el contrario, puede que te quiera mucho, y por tanto no es objetivo. Si  le presentas a tu madre un texto escrito por ti, ella dirá, «Ay qué bello mi hijo, es poeta, como yo, porque yo, en alguna parte de mí, soy poeta, soy sensible…» Lo mismo ocurre cuando se lo muestras a tu pareja. Si se da el caso de que estén recientes en la relación, le parecerán una cosa espléndida y una prueba fehaciente de que ha tenido razón de enamorarse de ti. Pero si ya aquel contubernio lleva algunos años, posiblemente no te preste atención y siga con su chat por WhatsApp, o si es tu esposo o esposa te recordará que tienen que salir en media hora a quién sabe qué compromiso porque si no llegarán tarde, como suele ocurrir por tú andar distraído escribiendo pendejadas.

El oficio de la escritura es realmente solitario, uno está allí, dándole al teclado, por horas, sin saber muy bien si lo que haces pinta bien. Nuestras referencias son otros autores, los que nos gustan, pero, a menos que nuestros padres o nuestras parejas sean escritores, estamos realmente solos en el proceso de aprendizaje.

Para el escritor y docente, Fedosy Santaella los talleres literarios son aceleradores de escritura

Yo creo que los talleres, en ese sentido, sí son efectivos. Los talleres son aceleradores de escritura, porque lo que podrías tardar meses en aprender te llega en menos tiempo, a través de la práctica, el análisis y la supervisión de un instructor y los comentarios de tus compañeros, que también están aprendiendo. Es mis talleres siempre me he propuesto llegar a un punto más o menos estable en el que el practicante logre ver su texto y el ajeno con claridad, como si de aquellas palabras se hubiese apartado una capa de niebla. Busco, así, que aprenda a reconocerse ajeno en su texto, pero además, dentro de ese estado de lo ajeno, que reconozca una cantidad de elementos que pudiera eliminar o mejorar.

De allí que los talleres no son para hablar de la cualidades humanas o espirituales de un texto. Nada está escrito en piedra, eso sí, y lo que dicen los otros sobre tu texto puedes tomarlo o no. Pero a un taller se va con humildad. Quien no va con humildad a un taller, fracasa y se retira. Hay quienes salen de los talleres encolerizados con el instructor, incluso diciendo que el instructor les ha cortado la inspiración, el flujo de escritura. Hay quienes salen odiándote para siempre. Hay otros que después lo entienden. No, nadie se ha chupado tu capacidad de escritura: lo que ha ocurrido es que alguna parte de tu cerebro ha entendido que escribir no es un acto impulsivo, así, sin más. Puede ser sí, es decir, que sea un acto apasionado, pero escribir ficción, escribir literatura es algo más que escribir un chorro de palabras por minuto. Escribir de manera literaria implica una pausa. Antes o después, o durante, pero implica pausas, pausas lúcidas sobre tu propio texto.

También suelo recordarle a la gente que está en el taller de Fedosy Santaella, y en ese taller se ve la narrativa bajo mi visión. Eso no implica que quiero que todos escriban como Fedosy Santealla, no obstante, es justo y necesario, que uno enseñe lo que cree. Después pueden tomar otros talleres, conocer otras visiones. Mi visión seguramente coincidirá en mucho con otras y poco con otras tantas. Les digo siempre a mis alumnos que eso está bien; lo que está mal es escuchar a otro escritor en otro taller diciendo que lo que yo dije o lo que aquel escritor dijo no es así y sí lo es como esta persona dice. Eso es un irrespeto y un despropósito.

Yo creo en la estructura de las narraciones y es lo que intento transmitir en mis talleres. Mi taller no es un lugar de meditación y de conexión con las ideas. Yo no te voy a decir de dónde sacar tus ideas. Una vez, por cierto, tuve una señora que abandonó el taller porque ella esperaba que yo le enseñara de dónde sacar ideas. Por eso yo advierto que mi taller de escritura narrativa no es para enseñarte a crear ideas. Las ideas son tuyas, las cargas tú contigo. Yo más bien pretendo mostrarte, darte a conocer estructuras mediante las cuales puedas encajar o aterrizar mejor esas ideas. En todo caso, el conocimiento de las estructuras podría funcionar como un abanico de posibilidades que te permita establecer una adecuación entre lo que suele llamarse forma y fondo.

Eso sí, puedo decir que las ideas están allá afuera, y están en ti. Los escritores son una especie de torre detectora de historias, o unos cazadores de historias, si así lo prefieres. Creo que la persona no sólo debe entrenarse para escribir lo mejor posible, sino también debe entrenarse para encontrar historias, para encontrar esa planta oscura que está dentro de ti, o esa planta invisible que flota en el aire y que conecta contigo y te provoca ese chispazo que puede terminar siendo una historia.

El poeta Rainer Maria Rilke escribió “Cartas a un joven poeta”, un libro excelente para iniciarse en el oficio de la escritura

Las historias están en los libros que lees, en las películas que ves en el cine y en la televisión, en los programas, en las series, en la música que escuchas o no escuchas. La historias están en algo que te cuentan, en algo que oyes o ves al pasar o sentado en un café y, por supuesto, en tu propia vida. Recuerda a Rilke. Dice el poeta que hay que volverse hacia la vida cotidiana, hacia las melancolías, los deseos, los pensamientos fugaces, hacia la fe en alguna belleza, hacia las imágenes del sueño, los objetos del recuerdo, la infancia. En Cartas a un joven poeta anota lo siguiente: «Si su vida cotidiana le parece pobre, dígase que no es bastante poeta como conjurar sus riquezas: pues para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente».

Las historias nacen de la capacidad de conectar que tenga cada persona. Un evento de tu vida, un diálogo de una película y una imagen que te obsesiona desde hace varios días, por ejemplo. Sergio Pitol nos recuerda en su ensayo «El narrador» que el estímulo inicial que disparó la escritura de El sonido y la furia fueron las braguitas de una niña que intentaba subir un árbol. Faulkner sintió el tormento de aquella imagen hasta que finalmente escribió aquella gran novela.

El escritor mexicano Sergio Pitol en su ensayo ” El Narrador” explora las circunstancias que conforman el alma de un narrador

Tu cabeza es una licuadora mental, tu arte está en conectar. Conectar lo que llevas en esa licuadora. Los temas están en lo que eres, no en el tema del cuento que ganó el concurso pasado al que ahora quieres enviar. ¿Me explico? Rilke habla de «sinceridad interior». Allí están los temas. Y sí, hay que mirarse, buscarse, observar cómo funciona tu mente, cómo conectas, cómo sientes esas conexiones. Pero eso no te lo puedo enseñar yo. Este proceso de la escritura es, disculpa que suene a autoayuda, un proceso que implica conocimiento de uno mismo, cuidado de uno mismo. Y también, por qué no decirlo, hay allí mucho de misterio, de flujo, de no sé qué. Lo hay en el momento de la conexión de la historia, pero también en el momento de la escritura. Pero eso tampoco lo puedo enseñar. Puedo decirte que existe ese momento de gran misterio, pero ese momento es de cada cual, y no hay manera de transmitirlo. O eso creo yo.

Así, lo importante, en mis talleres es aprender ciertas estructuras, aprender a mirar tu propio texto, despejarlo de la niebla de la ignorancia estructural y también despojarlo de la ignorancia del ego. Porque el ego, sépase, es muy ignorante. Cierta vez asistió a mi taller un caballero que dijo que había escrito un libro, que el libro lo había publicado él mismo y que era todo un bestseller. Lo felicité honestamente, y luego él me dijo que se había inscrito en el taller porque quería aprender a escribir un libro que le gustara a todo el mundo. Yo, dentro de mí, me pregunté dónde leería que mi taller logra tales maravillas, y le dije que eso era imposible, que nunca nadie ha podido escribir un libro que le guste absolutamente a todo el mundo. El caballero me miró como si yo fuese un absoluto imbécil, calló y no volvió más. Bien, imagino que hoy día estará escribiendo un gran libro que aún no ha publicado, porque no supe más de él.

La humildad es importante en el aprendizaje. En el que sea. La humildad despeja la niebla y te hace avanzar. Si no afrontamos con seriedad y lucidez la lengua, la complejidad de la lengua, la complejidad ancestral de las historias, pues es poco probable que lleguemos a hacer algo valioso con la escritura. Llegarás a publicar, posiblemente. Pero no es de eso de lo que estoy hablando, ¿cierto?