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Torres de El Silencio: dos mujeres bonitas, pero desarregladas

Restauradas y bien mantenidas podrían recuperar se antiguo esplendor

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El Centro Simón Bolívar o las Torres de El Silencio, como se conoce comúnmente, son dos edificios que se erigen sobre la avenida Bolívar para recordarnos el primer paso de Caracas hacia la modernidad. Aunque constituye una obra arquitectónica majestuosa, por la técnica y la estética, está en franco deterioro debido a que no existe una oportuna gestión de mantenimiento y tampoco conciencia ciudadana para cuidar lo público.

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Avenida Bolívar con aires de metrópoli parisina

Fueron diseñadas en el año 1948 y construidas en 1954 por el arquitecto Cipriano Domínguez, en colaboración con Tony Manrique de Lara y José Joaquín Álvarez. Están enmarcadas en el plan Rotival (1939), que pretendía convertir a la Caracas aplanada, de casas y pequeños edificios, en una de las grandes capitales de Suramérica con aires de metrópoli parisina. De aquel gran sueño: la avenida Bolívar, El Silencio, Parque Central y las Torres del Centro Simón Bolívar.

Este símbolo arquitectónico multifuncional del siglo XX destaca por “la estratificación de las diferentes funciones, las plataformas equipadas con áreas comerciales, los estacionamientos subterráneos, la espacialización del tránsito de vehículos, la experiencia de sus pasillos y pórticos estructurales metálicos y la importancia otorgada a las áreas cívicas y peatonales”, asegura Juan Carlos Díaz, experto en historia del arte. Y tiene la funcionalidad de integrar a los ejecutivos de las oficinas públicas con todo lo que pudieran necesitar.

Entre lo frenético y lo bestial

En el 2017, la Torre Norte está ocupada por el Ministerio del Poder Popular para La Cultura y la Torre Sur por el de Ecosocialismo y Aguas, principalmente. Aunque su funcionalidad se mantiene, el número de personas que hacen vida en estos 32 pisos y otras áreas se ha multiplicado tanto que su capacidad natural es superada por miles. La arquitecta Vivian Florindez afirma que el uso que se le da a las Torres es “frenético y bestial”, sin embargo, “tienen tan buena genética que la única forma que colapsen es que ocurra una catástrofe natural”.

Para Díaz, su construcción responde al principio de la simetría y tiene un perfecto ensamblaje arquitectónico que desde el medio de las torres, permite tener, en un mismo espacio, dos perspectivas urbanas: la cerrada; “enclaustrada” hacia los pequeños bloques de El Silencio, y la abierta; que dejaba observar el espacio infinito de la avenida Bolívar y Los Caobos. Ésto hasta que el arquitecto Carlos Gómez bloqueó esta vista, en 1983, con el complejo de oficinas donde funciona el actual Palacio de Justicia,dice el historiador.

Al respecto Florindez explica que estos dos módulos anexos son la mayor intervención que ha sufrido el Centro Simón Bolívar. Tapan las Torres de El Silencio, le modifican la cara al contexto urbano. Por otra parte se cerraron las aperturas de luz de aquellos pasillos intervenidos para instalar oficinas. Los nuevos estacionamientos y los jardines techados también representan  cerramientos que responden a la necesidad de darles mayor capacidad de empleo a esas áreas.

Desde el punto de vista de su estructura, estamos ante una obra que no se mezcla con el entorno y propone un paisaje que presenta características casi idénticas desde cualquier ángulo : son dos torres verticales de 103 metros de altura que quedan suspendidos en el aire sobre zapatas ,con una terraza, una estructura principal hecha de perfiles metálicos revestidos en concreto armado, ventanas que cubren casi todo la superficie y azulejos que decoran lo interno;  también tiene un peso importante como espacio público de libre circulación, en el nivel de la calle y los comercios, que ha sido maltratado por distintas realidades.

Al regreso de Saigón

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Al este, la plaza Diego Ibarra y al oeste, la Plaza Caracas dejó de ser un estacionamiento para convertirse en una de las plazas más grandes de Caracas y alberga el inmenso busto del Libertador.

La Diego Ibarra se perdió durante varios años invadida por los buhoneros y las bandas las bandas que negociaban con estupefacientes, y cualquier otra cosa prohibida. Sin embargo, el antiguo Saigón, recuperó nuevamente su atmósfera de espacio público cuando la Alcaldía de Caracas y el Gobierno de Distrito Capital invirtieron más de 175 millones de bolívares para remozar la plaza. Desde el 2011, puede contener a cinco mil personas y La aguja, del artista plástico Luis Alfredo Ramírez, decora la  fuente central.

Ciudad Saigón en los primeros años de la Diego Ibarra.
Ciudad Saigón  primeros años de la Plaza Diego Ibarra.

Como afirma Rubén González, quién frecuenta estos espacios, “estamos viendo otra vez que las escaleras son la cama de los indigentes y las zonas oscuras, unos baños. No podemos retroceder en el tiempo. Me doy cuenta que se han recuperado cosas, pero todavía hace falta meterle más dinero y cariñito al lugar”

Cuando la empresa del Estado, Centro Simón Bolívar, fue liquidada en el 2011 las Torres pasaron a ser responsabilidad del Ministerio de Estado para la Transformación Revolucionaria de la Gran Caracas, que en 2014, se convirtió en una Comisión Presidencial. Gracias a la autogestión y el acuerdo entre los organismos oficiales que hacen vida allí, ya hace años, se lograron realizar algunos cambios como la recuperación del mural Amalivaca de César Rengifo, iluminación de los pasillos externos, sótanos limpios, nuevas tuberías y ascensores más modernos. “Hoy da lástima pasar por ahí y ver el deterioro”, expresa Florindez.

 A tiempo de convertirse en joya

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La arquitecta aclara a Esfera Cultural, que las estructuras de los años 50 traen sus manuales de mantenimiento basados en normas y procedimientos que se deben seguir, por tanto considera que “el problema en nuestro país, desde hace mucho tiempo, es que como hay dinero se prefiere reponer en lugar de reparar. Además de que vamos de idea en idea, pero nunca ejecutamos ni hacemos seguimiento”.

Ventanas que cubren casi toda la superficie

Ella sugiere, como experta en mantenimiento, retomar esos manuales hechos por maestros como Carlos Raúl Villanueva de guía de ruta, sin olvidar, que hay cambios inevitables que deja el paso del tiempo. Además – agrega Florindez-  sincerar la capacidad de los espacios y servicios, estimular la conciencia de mantenimiento en los nuevos profesionales y el cariño por lo público, ayudaría mucho a recuperar su esplendor.

A pesar del desorden, la falta de iluminación, la inseguridad y los hedores cuando se camina por cualquiera de las plataformas se siente la estética y la armonía entre sus elementos. “Es como ver a una muchacha muy, muy bonita, pero desarreglada y mal vestida. Es una construcción A1 que todavía está a tiempo de convertirse en joya”, afirma.

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