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“Tuétano” de Andrea Crespo Madrid

El presente artículo del maestro Armando Rojas Guardia literalmente " salta a la vista". Sus palabras enfiladas en un discurso claro y coherente salen de la pantalla y llegan al lector con la vívida interpretación de "Tuétano".

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Llevo varias semanas comentando, en plan de crítica literaria, algunos libros publicados recientemente por esa institución importante y entrañable que es La Poeteca. Hoy quiero abordar, con la concisión y precisión del caso, el poemario de Andrea Crespo Madrid titulado “Tuétano”. Pero antes de entrar en materia debo señalar una evidencia que se me impone por sí misma: el común denominador que subyace en estos libros de poetas muy jóvenes es, ni más ni menos, que el sufrimiento. Un dolor generado por la percepción desolada del contexto histórico que enmarca la vida del país. Sorprende y asombra que en ellos, en cada uno de estos poemarios, ante nosotros estallan el conflicto, la angustia y la desesperación, provocados por una situación existencial, introyectada y asumida a nivel muy personal por el poeta, que hunde sus raíces en la historia concreta, la venezolana de los últimos tiempos. Una lectura sintomatológica de estos textos líricos aprecia, de manera flagrante e inmediata, el hecho escueto de que para los creadores pertenecientes a la presente generación que hoy se asoma al panorama literario del país la condición de ser venezolano en la actualidad simplemente “hace sufrir”, constituye una llaga espiritual y moral, una especie de herida gangrenada cuya pus anímica la poesía recoge y destila para todos nosotros. Ello quiere decir que los poetas más jóvenes no solo no viven y crean literatura a espaldas de lo que ocurre en Venezuela sino también, y sobre todo, que pretenden otorgarle voz, estéticamente válida, a la atmósfera casi irrespirable cuya realidad padecemos todos los días, nosotros, los que compartimos con ellos la terribilidad del acontecer histórico. Estos poetas hacen más que demostrar, es decir, muestran que se puede y aun se debe hacer poesía también de la historia sin que eso signifique elaborar una lírica específicamente política y mucho menos panfletaria: basta dar cuenta de las resonancias que el drama colectivo opera en la subjetividad; ésta las sufre y las redime a través de la celebración verbal en la que consiste todo poema.
Lo primero que debo decir acerca de “Tuétano” es que se trata de una poesía cuyo dolor subyacente efectivamente duele. No hay en ella ningún artificio: la congoja que la dicta nos habla de manera directa, sin ornamentos distractores. Nos llega cruda, elemental, todavía sanguinolenta como un tajo reciente en el centro anatómico del cuerpo (y del alma). Hay palpitando en su espesor metafórico el rastro exacto de un genuino sentimiento trágico de la vida. Traduce una visión desolada de la realidad y del hecho de vivir. Esa postura subjetiva se conecta con la situación global del país, mencionada directamente en algunos poemas. Y siempre, en todo momento, esa alusión a la Venezuela doliente está hecha asumiendo el punto de vista de las víctimas, de las que como tales padecen los acontecimientos históricos: los humillados, los preteridos, los menesterosos, los olvidados. En el poema titulado “El amputado” un pordiosero callejero, cuyas extremidades corporales han sido amputadas, se nos ofrece como una imagen simbólica de esta estirpe moral: aquellos cuyo dolor nos interpela en la misma medida en que queremos obviarlo y olvidarlo, tan feo y desagradable resulta para la comodidad de nuestros saludables, bonitos y pulcros hábitos.
En “Tuétano” se logra una verdadera hazaña estética: transfigurar la fealdad en belleza verbal, incorporando a la materia del poema lo convencionalmente espúreo y deleznable, transformándolos en auténtica poesía. Una muy inteligente dosificación de prosaísmos se combina con raptos metafóricos de alto vuelo (“hipos de memoria”, “una muerte que pueda izar en el aire”, su “anhelo d relámpago”, “caligrafía que se revuelca contra el vidrio”, “búsqueda caníbal”). La poeta, incluso acudiendo a la ruptura del orden habitual de la sintaxis, busca fracturar, quebrar, desgajar el lenguaje (“regurgitar el lenguaje reverberar esta gramática / hacerla muñeco de barro / autómata / hasta que escriba por nosotros”) para acceder a la epifanía de la revelación, al hallazgo específicamente estético de una nueva, transformada, dimensión cognoscitiva. Su originalísima elegía al padre fallecido es una prueba fehaciente, y en cierto modo deslumbrante, de esa logradísima “ars combinatoria” de elementos prosaicos y metafóricos que convierten al texto en un episodio inolvidable para el lector.
En suma, un libro hermoso dentro del cual una joven poeta asume vallejianamente el dolor desparramado en nuestra historia reciente y en su propia interioridad transfigurándolo, convirtiéndolo en el oro verbal que la poesía, transmutando el opaco “nigredo” de lo depresivo y lo siniestro, logra alcanzar mediante su alquimia infalible, insustituible.

Tuétano de Andrea Crespo Madrid,  en la  sensible lectura del poeta  Armando Rojas Guardia