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Un corrido muy mentado: no hay nada que hacer, debemos hablar

El drama de una familia monoparental y su protagonismo en los escenarios de la violencia social.

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El IV Festival de Jóvenes Directores sube el telón con Un corrido muy mentado, pieza de Javier Moreno dirigida por Alexis Márquez. En esta oportunidad Espacio Plural de Trasnocho Cultural se transforma en una particular sala de espera de un hospital capitalino. ¿Qué de curioso puede tener esto? La organización del dispositivo escénico propone una triangulación de objetos en cuya cúspide se halla una versión “malandra” de Jesús de la Misericordia y en la base, que constituye la zona más frontal y cercana al espectador, un hombre ensangrentado ocupa una mesa camilla. La primera imagen es poderosa, Jesús sostiene en su mano redentora una 9mm, la tradicional túnica es sustituida por jeans, el símbolo de humildad representado por los pies descalzos es cambiada por un par de zapatos deportivos; la mirada dulce del Señor se oculta tras unos lentes de sol y la larga cabellera cae sobre sus hombros bajo una gorra de béisbol. Esta resemantización iconográfica es vital para comprender el sistema de valores que sostiene la realidad de los personajes. Por otra parte, la imagen del joven en la camilla me hizo recordar una importantísima pieza del repertorio latinoamericano, Topografía de un desnudo de Jorge Díaz, en la que se tratan asuntos relativos a la violencia.

La vida de Odulio está en vilo luego de ser abaleado y en medio del drama surge la interrogante sobre quién es el responsable de este suceso. Foto: cortesía de la producción de ” Un corrido muy mentado”

La obra se centra en el drama de una familia monoparental y su protagonismo en los escenarios de la violencia social es encarnado por Verónica Arellano, William Cuao y John Vicent. El joven abaleado ante los ojos del médico dejó de ser paciente para convertirse en víctima. La madre desesperada vive la angustia de la posible pérdida de su único hijo: Odulio, no Obdulio, Odulio. Este dato me resultó crucial para comprender o, tal vez, acceder a un espacio distinto dentro de la propuesta de Márquez. A ese muchacho le cambiaron la identidad, es decir, su madre había pensado en un nombre para él, algo que lo determinaría el resto de su vida. Un error del burócrata de turno cambia ese destino, lo trunca.

La madre vive la angustia de no saber cuál será el futuro de su hijo que se debate entre la vida y la muerte. Mientras espera una respuesta, es interpelada por un fiscal del Ministerio Público que necesita respuestas porque, insiste en ello, está allí para velar por los derechos del muchacho. ¿Cuáles derechos? Es la pregunta que se hace Antonieta, la madre. Desde su perspectiva, el único derecho que tienen los pobres es evitar meterse en problemas, evitar asuntos con la policía que, por tener las armas, tienen la razón. Además no solo están armados sino respaldados por un carnet que da lo mismo si es de trabajo, de un partido o de un supermercado, al fin y al cabo, les otorga una posición ventajosa frente a quien no lo posee. Ella habla constantemente de la ‘epopeya del pobre’ que se sintetiza en dos palabras: odisea y pudor. Entre otras cosas se refiere a la relación con los hombres de su vida, el padre, el marido y el hijo; una tríada que será determinante en su construcción como mujer, son ellos los que han marcado su idea de lo femenino. La mujer calla y cumple, saca adelante a su hijo para que le vaya bien porque si le va bien a él a ella también, sin siquiera plantearse una relación inversa en este sentido.

La actriz Verónica Arellano interpreta el personaje de Antonieta Sánchesz la madre de Odulio Foto: cortesía

El fiscal indaga, quiere hacerse un retrato de Odulio. Él sabe quién es el muchacho, conoce su historial policial pero no es suficiente. Necesita entender cómo es ese adolescente que se encuentra al borde de la muerte a sus diecisiete años, hay algo que no muestran los prontuarios; ese es el lado humano de los delincuentes. A partir de esto, la madre insiste en decir que su muchacho era bueno, él no estaba haciendo nada cuando le dispararon, estaba tranquilo en la esquina. En principio, todo parece indicar que Odulio es una víctima del sistema social en el que vive. Pero hay algo, en el personaje del fiscal, que nos hace dudar de sus verdaderas intenciones, ¿en realidad quiere ayudarlos o una segunda intención se oculta detrás de la típica chaqueta de cuero?

Entre un asunto y otro, tratando de deslindar la verdad, la relación que establecen los personajes nos va alejando del primer registro temático de la pieza para llevarnos hacia lo medular. Esto es, una discusión en torno a la responsabilidad individual. La madre se culpa de haberlo puesto ‘en esta vida de mierda’ sin oportunidades, a pesar de que espera el futuro y lucha tratando de corregir el presente, su problema es que no pudo hacerlo. Le falló a su hijo como madre, ella le fijó un límite que lo signó a convertirse en un sicario y traficante de drogas que sabía demasiado y se tornó incómodo. Odulio está allí, en estado crítico ¿porque su madre no le dio oportunidades o porque decidió no trascender al determinismo social y geográfico? Ahora bien, ¿tenía herramientas para hacerlo? La experiencia me dice que dependerá de la visión de la vida que tenga cada uno, de cuáles son sus aspiraciones. No podría hacer una afirmación categórica al respecto.

La acción dramática tiene un desenlace inesperado, no tan macabro como lo espera el fiscal. La pieza termina y debemos preguntarnos en quién recae la responsabilidad, de quién es la culpa de que seamos una sociedad fallida en la que se descartan individuos a los que la desigualdad le establece límites vitales.