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Vasto y breve Philip Roth

Más allá de su muerte reciente, una de las más controversiales e influyentes figuras de la literatura americana, aparece como un autor ineludible

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Difícil no adivinar en sus personajes al autor de carne y hueso, visto que el estilo sería impostura si no es elaboración entre narcisista y culposa de rasgos de un hombre singular, el incorregible Philip Roth. Vivió y escribió tanto como para calzar con justicia en la recurrida categoría de escritor de vasta obra, mas no parecía aquejado de la grafomanía enjundiosa de otros autores estadounidenses contemporáneos. Sus novelas no añaden páginas y páginas de fatigosa búsqueda de la obra mayor. Se centran casi siempre en el relato de clara unidad de acción en torno a un personaje de gentilicio inconfundible: judío y muy americano. Si un novelista se desdobla en innúmeros personajes, Roth lo hacía en la propia personalidad, esa que siempre llamó la atención de periodistas nunca conformes con la pura ficción.

El propio Roth se ocupó de documentar su vida en los géneros de no ficción, como en su obra Patrimonio, narración sobre la enfermedad y muerte de su padre Herman Roth. Pero, lejos estaba este hijo de ucranianos nacido en Newark, NY, en 1933, recién difunto el 22 de mayo, de tomar el atajo de la celebridad; antes bien, con todo y su tono confesional, la vida turbulenta, si la tuvo, no borroneó nunca la obra que tan dedicado y fiel a su arte fue elaborando a lo largo de décadas.

La masacre de la vejez

La muerte a los 85 años de edad de Philip Roth ha sido anunciada con épicos titulares. “Titán sin piedad de la literatura mundial”, lo sublima así  El Periódico de Cataluña. Despiadado, sí se pueda decir del personaje de marras. El autor de Pastoral Americana –la novela más mencionada en los apresurados obituarios– por confesional, puede considerarse como tal; despiadado sobre todo consigo mismo, pero con una afectividad que le falta –solo por comparar– a otro gran despiadado de la literatura anglófona, J.M. Coetzee, también dado a la autobiografía solapada.

Una frase impía suele citarse como paráfrasis de una de sus novelas breves El animal moribundo (The Dying Animal, 2001): “la vejez no es una batalla; es una masacre”, disonante fraseo en la retórica piadosa de la sociedad de la tercera edad. Y la novela de la que se excava la opinión de un sujeto llamado Philip Roth, aborda un argumento que sería pasto de los nuevos resquemores sociales; el propio autor, reo fácil de las nuevas inquisiciones que medran la opinión pública, que no reparan acaso en que el supuesto hereje era viejo suficiente para criterio propio.

El animal moribundo del relato es un profesor universitario de prestigio, dictámen de la alta cultura, lo suficientemente añoso como para renunciar a la sistemática práctica de procurarse placer amatorio con ex alumnas, cuando se deja arrastrar por las promesas del cuerpo de una de ellas en particular, Consuelo, bella muchacha de origen cubano. El acostumbrado divertimento con hermosas y tiernas anatomías, deriva en la ocasión en una obsesión terminal; el sexo como batalla de derrota asegurada ante la muerte inexorable. Una masacre.

El asunto es uno de los tabúes mayores de una sociedad bien portada. Y no falta quienes carguen las tintas al discernir de la prosa de Roth, solo aquellos rasgos machistas y a lo mejor misóginos. Y si el novelista acaso no sufrió persecución judicial, sí que fue inmolado en la estaca mediática de los bien pensantes, mucho antes del surgimiento del movimiento Me Too. No se hable de las reacciones granjeadas por la publicación de El mal de Portnoy en 1969, solo por mencionar un ejemplo.

Las útlimas y tajantes

El animal moribundo fue adaptada al cine, afortunamente por una mujer, la directora Isabel Coixet, para ser protagonizada por Ben Kingsley y Penélope Cruz. La versión cinematográfica, estrenada en 2008, lleva un título que invita al equívoco al menos en el mundo hispano: Elegy. Y Elegía en castellano corresponde a la traducción de otra novela corta del 2001: Everyman. La narración que inicia en un desolado cementerio judío en alguna parte de la Unión, una hábil maniobra narrativa para entre suspicacias dar cuenta de la leyenda dorada del difunto a punto de bajar a la última morada, vuelve al tópico del mujeriego avejentado, hombre generoso y buen amigo, tal vez no tan buen padre, con un ramillete de divorcios, que, en el caso, hace blanco en la enfermera de sus convalecencias. Everyman y The Dying Animal acontecen en la misma caja de resonancia pasional.

De entre la celebrada obra, estas novelas breves publicadas ya en la vejez del novelista, y que

En sus últimos años, publica una serie de novelas breves en la que recapitula vital y literariamente

tal vez la crítica ha dado en llamar las “némesis”, insinúan a un autor de gran potencia a punto de claudicar para siempre. Roth es de los pocos escritores que han anunciado su retiro; un desliz de superestrella.

Los títulos de estas piezas tardías son de una sola palabra, tajantes: Everyman (2006), Indignation (2008), The Humbling (2009), Nemesis (2010).

La memoria remota trama la narración; la infancia en Newark, la juventud de empeñoso nadador a mar abierto. En este ciclo narrativo, hombre y autor, recapitulan y hacen sus lutos; el don juan se acepta a sí mismo como un ser al que el vigor abandona sin remedio.

Nemesis, en particular, se aparta del tema grueso siempre esperado por los lectores para adentrarse en aquella niñez rodeada del terror del polio, en un sofocante barrio judío de Newark en el que la peste sale a cazar inocentes. Un terror histórico, sin duda, parábola de recurrentes fantasmas de la sociedad estadounidense: la guerra, el macartismo, las segregaciones, la pena de muerte.

Philip Roth vivió y creó ante la controversia y animado por ella. Y aun después de muerto es probable siga concitando inconfesables simpatías y condenas estentóreas por tener la temeridad de mostrar las vergüenzas propias y  las de todo un mundo; ese mundo de hoy que, como enseña el gran psicoanalista Rafael López Pedraza, envió a Dionisos al exilio y con mucha pena de sí y sin valentía, solo le falta prohibir la tragedia, el pathos y la inversión cómica; el dolor y su hermana la risa.