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Viaje, palabra y muerte en The Ballad of Buster Scruggs

Los hermanos Coen llevan a Netflix historias de cazarecompensas, ladrones de bancos, temerarios banqueros, empresarios y otras figuras del medio oeste. Mario Morenza nos deja su óptica en este artículo

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Las historias de The Ballad of Buster Scruggs congregan los destinos de solitarios cowboys que coinciden en un simple pero decisivo asunto: sobrevivir y, para ganarse cada segundo de existencia, se afanan sin sombras de duda en aquello que no solo saben hacer, sino desempeñan a la perfección, con desenvoltura, vicio y gracia. Empecinados, fijan su objetivo como si no existiera mañana, como si no habitara en la faz del lejano oeste alguien mejor que ellos en esos quehaceres. Solo basta con pensar en el viejo buscador de oro que protagoniza el segmento All Gold Canyon, interpretado magistralmente por Tom Waits que, ante la inextricable naturaleza, el hambre, el cansancio y la sed, canta y silba Mother Machree, para darse aliento y continuar con sus excavaciones.

Sin importar que se traten de cazarecompensas, ladrones de bancos, temerarios banqueros ingeniosos con dispositivos de defensa antiladrones, empresarios o fenómenos de circo, los seis protagonistas encaran sus decisiones y las consecuencias que estas conllevan con ingenua soberbia y desaforado ímpetu.

Cuando reflexiono sobre esta película, se me hace inevitable recordar el relato «La muerte y el senador» de Arthur C. Clarke. En él leemos: «Nada calma más la muerte de un hombre que la certidumbre que va a ser ahorcado a la mañana». Si estos baladistas abrigan alguna certeza en sus vidas, es la de cruzarse en plena faena con ese desenlace, sin importar leyes, de tanto en tanto volubles, nulas, aplicadas a conveniencia o por descabellado instinto. Apuestan a la victoria, desde luego, a la supervivencia, a seguir respirando, pero sin mezquindades ni cobardías. Estos baladistas de la muerte se saben sin escapatoria posible. Sus días transcurren como quien conduce la carroza en la última de las historias, sus incansables caballos no harán caso a las peticiones de detenerse, ya que el viaje como el destino, les serán impostergables. Al despertar, estos sobrevivientes no descartan que al final del día cambien sus espuelas por alas, como escuchamos en Spurs for Wings, canción que cierra la primera historia y que recibió una nominación al Oscar.

En principio, The Ballad of Buster Scruggs es un homenaje a la dilatada tradición de westerns, pero también a la narrativa breve estadounidense del siglo XIX e inicios del XX, y de alguna manera, a la ficción, a la literatura, a la palabra. Cada una de las seis historias se abre y cierra como si el espectador estuviera ante una antología de relatos: la compilación apócrifa titulada The Ballad of Buster Scruggs And Other Tales of the American Frontier. El volumen luce como si hubiese sido publicado hacia inicios del siglo pasdo por la también ficticia casa editorial Mike Zoss and Sons, un guiño a la productora fundada por los hermanos Coen. Este detalle le confiere un toque realista a la película. Propongo un ejercicio: si revisamos los comentarios a la edición publicada del guion, nos percataremos de que no pocos usuarios de la red social Goodreads compraron un ejemplar convencidos de que se encontrarían con la versión original de estas historias.

En el segmento inaugural y homónimo a la película, Buster Scruggs (Tim Blake Nelson) acepta su destino sin pena, incluso, con inesperado humor y sublime dignidad. «Caray, esto no es nada bueno» son sus últimas palabras cuando observa su inmaculado sombrero blanco, sello de identidad y distinción, agujereado doblemente: el proyectil ha mordido la parte frontal y posterior de la corona, dejando dos círculos perfectos e idénticos, solo que el segundo, el de salida, está humedecido de sangre. Buster comprende que es hora de ascender a los cielos, ya que ese día, un Kid envalentonado y más rápido, llegó al pueblo y de un balazo acabó con su legendaria racha de pistolero.

Le sigue Near Algodones, relato en el que el humor negro y la ironía acorralan y apresan al cowboy asaltante (James Franco), que es beneficiado con varias oportunidades para escapar, pero esto es solo ilusión y fugacidad. En principio, el osado maleante se topa con un rival que, si bien no es más ágil ni joven, sí es más precavido: un viejo especialista en contar billetes tan rápido como cualquier sheriff del oeste y en disuadir intentos de robos con dispositivos de seguridad nada convencionales: sártenes que funcionan como chalecos antibalas o escopetas ocultas debajo de las taquillas del banco. El asaltante será desarmado y vencido. Será enjuiciado. Logrará escapar. Aunque, pocas horas después, como si se tratara de una trampa urdida por la mente más salvaje e irónica del oeste, se le procesa de manera express por el delito de robo de ganado. Es sentenciado a la horca por segunda vez ese día.

En el episodio protagonizado por James Franco hay tanta ironía y humor negro como flechas y balas.

Tanto Buster Scruggs como el cowboy bandido abusaron de su buena suerte. Sin embargo, atisbamos en sus últimas miradas, cómo contemplan, satisfechos, la belleza de sus últimos instantes de vida. Buster examina su agujereado sombrero como si se tratase de una pieza de arte invalorable; el cowboy bandido detiene su mirada en el rostro de la hermosa señorita que lo observa, intrigada, acaso levemente enamorada o casualmente excitada por el espectáculo mortuorio. Ambos solitarios entienden que no verán otro amanecer y sonríen.

Liam Neeson interpreta a un avaricioso empresario circense en Meat Ticket, que se aprovecha de la extrañeza de su socio, un freak sin brazos ni piernas que, con perfecta dicción, arenga en tono bíblico y político, a los asistentes. Este freak tiene sellado en el rostro el gesto de la resignación a su existencia casi vegetal. Sabe que es un estorbo para la sociedad y que la gente en realidad no asiste para escuchar sus rebuscados, delirantes y apocalípticos discursos. Sermones extensos que llegan a aburrir. El público solo lo va a ver a él, a su humanidad desprovista, incompleta, y apenas dejan limosnas por el deprimente show. Antes de la bancarrota, el empresario decide renovar su programación. Hasta allí llegan los días de este pobre y miserable freak, prisionero no solo de su inmovilidad, sino de la injusta dependencia de este hostil empresario que lo ha explotado y lo sustituirá por una gallina que sabe sumar o restar.

El experimentado y multifacético músico Tom Waits interpreta a un testarudo buscador de oro.

El segmento All Gold Canyon está basado en un relato homónimo del escritor Jack London. Al inicio de estas páginas adelantaba que el héroe de esta historia es un astuto y terco anciano minero. Este, durante incansables días de trabajo, acumuló una significativa fortuna entre pepitas de oro sueltas o incrustadas en rocas de otros minerales. Cuando finalmente se dispone a volver a casa, una sombra se proyecta en el foso excavado. El viejo es sorprendido por un codicioso oportunista que se ocultaba entre las montañas y esperaba el momento justo para arrebatarle toda la riqueza que había extraido a las orillas del río. El viejo, al menos por esa tarde, con honor y gallardía no se deja vencer.

Las dos historias que cierran nos cuentan viajes. The Gal Who Got Rattle es la segunda historia adaptada, esta vez del escritor Stewart Edward White, y nos narra un viaje inconcluso y también de alguna manera nos narra vidas inconclusas, que permanecerán en tránsito, desdibujadas a medio camino, a merced de coyotes, indios y el olvido. La chica protagonista (Zoe Kazan) es una tímida doncella que acaba de perder a su hermano a mitad del trayecto y se dirige a un pueblo tan desconocido como el individuo con el que se casará. No sabe que hacer, está llena de dudas, temores, actitud que, intuimos, la ha caracterizado durante toda su vida. Solo tendrá el valor para tomar una decisión definitiva, sin vacilaciones, y es allí cuando se nos vuelve irreconocible y fatalmente tenaz. Conveniente para cerrar The Ballad, como un buen volumen de cuentos con unidad temática, tenemos a The Mortal Remains: y es la historia de un viaje consumado. Observamos cómo la noche va cayendo gradualmente y cómo los rostros se van tornando más fatigados, oscuros, casi siluetas. The Mortal Remains me trae a la memoria algún fragmento de una carta que le escribió el poeta portugués Fernando Pessoa a Luis ii de Baviera:

¡La Muerte es el triunfo de la Vida!

¡Por la muerte vivimos, porque solo somos hoy porque morimos para el ayer! Por la muerte esperamos, porque solo podemos creer en el mañana por la confianza en la muerte del hoy. Por la Muerte vivimos cuando soñamos, porque soñar es negar la vida. ¡Por la muerte morimos cuando vivimos, porque vivir es negar la eternidad! La Muerte nos guía, la muerte nos busca, la muerte nos acompaña. Todo lo que tenemos es Muerte, todo lo que queremos es Muerte, es muerte todo lo que deseamos querer.

The Ballad of Buster Scruggs nos recuerda una vez más los vínculos primigenios entre la literatura y el cine, sus formas narrativas, y los conflictos humanos representados. Los Coen atinan la imagen y la palabra y redimensionan su narrativa en esta media docena de piezas ficcionales. Los Coen no son ajenos a la literatura y mucho menos a las adaptaciones literarias: ya su trabajo en esta categoría fue merecedor de un Oscar por No Country for Old Men, novela de Cormac McCarthy. (También recordemos que Ethan Coen escribe relatos, muy buenos relatos, por cierto, y ha publicado un libro excepcional en este género: Las puertas del Edén (1998)). En relación con esto, Juan Nuño en 200 horas en la oscuridad, señala que «D. K. Griffith corta al cine en dos y es precisamente el cine post-griffithiano el que refleja la influencia de la literatura. No una influencia ocasional; no se trata de que se adapten mejor o peor ciertas obras al cine, sino que la gran innovación introducida por Griffith consistió en lograr que la narración cinematográfica fuera una auténtica narración literaria». Por su parte, Javier Marías en Donde todo ha sucedido aduce que el director de El fantasma y la señora Muir, Joseph L. Mankiewicz, a la pregunta sobre qué le parecía el cine actual, este respondió que «lamentaba la pérdida de la palabra: para él el cine no era solo imagen, sino una combinación inseparable de imagen y palabra, desterrada esta última, según él, en los años setenta y ochenta». A su manera, los Coen reanudan los lazos de esta vieja relación, The Ballad of Buster Scruggs es un canto a la palabra, la recuperan y la llevan a la imagen: es un tributo a la narrativa breve norteamericana, y sí, es la palabra, hablada o cantada, la que se impone ante la insistencia de la muerte, es la única sobreviviente a eso que desconocemos y que aún, como seres humanos o vaqueros obstinados en sus peligrosos oficios, no hemos precisado del todo.