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Victoria de Stefano: homenajeada por toda una vida dedicada a las letras

La venezolana nacida en Rímini fue la homenajeada en el Festilectura de este año

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Victoria de Stefano se asoma sonriente y, deprisa, abre el portón verde de la casa que reposa a los pies del cerro El Ávila. Sus ávidos ojos, curiosos, no dejan de escanear. Después de un café, se sienta en su sillón floreado, dispuesta a la conversa. La venezolana, de origen italiano, es conocida por su prosa elegante y rica en imágenes que se nutre de selectas y no escasas lecturas, memorias de extensos viajes y labradas reflexiones en torno a la filosofía, la literatura y experiencias de vida.

Fue la invitada de honor del Festival de la Lectura de Chacao 2017, que culminó este viernes 8 de diciembre, para lo cual la Embajada de Italia y el Instituto Italiano de Cultura trabajaron junto al El Estilete en una re-edición especial de su novela Cabo de vida, publicada inicialmente en 1993.

–Leer Cabo de vida requiere tiempo. Es un libro amplio en descripciones y bastante denso.

–Es una estructura compleja. Comienza con el viaje de Hugo, un viaje que yo hice por el Pacífico, bajando de Cartagena hasta Valparaíso. Uno como escritor tiene toda la libertad de inventar, buscar sitios donde no necesariamente ha estado. Además puede inventar historias a partir de las de otras personas, y está también el Internet. En el caso del viaje en Cabo de vida, sólo tuve que refrescar algunas cosas que viví. Tampoco fueron muchas.–

Junto a sus novelas, tiene en su haber  ensayos como Baudelaire, poesía y modernidad (1984), Sartre y el marxismo (1975) y La refiguración del viaje (2005). Sus Diarios 1988-1989 (2016) los describe como «un diario de vida pero también un diario literario, es más la lectura del escritor en función de su escritura»; contemplan entre sus páginas reflexiones en torno a los libros que leía mientras era profesora en la Universidad. 

Victoria de Stefano. Foto: Edisson Urgiles

–Ese viaje que mencionó fue a causa del exilio ¿no?

–En realidad, fui a Chile en el año 70 y volví a Venezuela en el 71. No me agarró el Golpe, pero a fines del 71 ya se sentía lo que venía.

No es que me exiliaron a mí, mi marido se exilió. La primera vez desde el 63 hasta el 66, el de Chile fue un segundo exilio. No escribo mucho de eso porque fue una época muy dura.–

De Stefano egresó de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela en el año 1962. Mientras estudiaba tuvo a sus dos hijos, Rodrigo y Martín. Recuerda que no fue fácil compartir las labores del estudio con las de ser madre, sin embargo, el gusto por los textos filosóficos, en los cuales dice haber encontrado también belleza literaria, le permitió buenas calificaciones. Historias de la marcha a pie (1997), novela finalista del premio Rómulo Gallegos en 1998, contiene parte de sus vivencias fuera del país, aunque no de forma directamente autobiográfica, «pues a veces el personaje puede ser un hombre, no necesariamente una mujer», explica.

— Para Usted, ¿El sexo del narrador es determinante?

— En una charla, hace tiempo, recordé la parte que escribe James Joyce en el Ulises (1922), totalmente dedicada a Molly. Es un monólogo de una mujer que termina con un famoso y terreno “Sí”. Carl Jung decía que el autor sabía muchísimo de mujeres, y la esposa de Joyce, Nora Barnacle, que no era ninguna intelectual, dijo: “Ese hombre está loco, mi marido no sabe nada de mujeres” (…) Hay algunos psicólogos que dicen que en verdad las mujeres saben de hombres y de mujeres, mientras que los hombres no necesariamente saben ni de mujeres ni de hombres.

Victoria de Stefano. Foto: Edisson Urgiles

–¿A qué atribuye esa cualidad de las mujeres?

–Creo que ancestralmente, las mujeres han estado más silenciosas, se han expuesto menos, han sido más calladas. Se ve esa capacidad de observación en muchas escritoras. Incluso lo que algunos llaman la “doble visión”. Chestov dice que la grandeza de Dostoyevski es que tiene la doble visión: que ve más allá de la superficie del individuo. Es decir, lo que se ve a simple vista, pero también lo que está debajo; puede ver el bien y puede ver el mal, las fuerzas oscuras.

La autora considera que Virginia Woolf  «tiene una visión de los hombres y de las mujeres que es penetrante, que no es una cosa simple». Para ella, «los grandes escritores pueden todo», penetrar en la psique de sus personajes independientemente de su sexo. Resalta también la gran capacidad que tienen algunos para describir el mal, pero no se considera poseedora de ella. 

–¿Por qué? ¿Cree que es como un sexto sentido?

–Exacto. Es un instinto, un sexto sentido. Cuando leo eso me llama la atención, digo: «¿Cómo pueden llegar hasta el fondo del mal, de la maldad, de lo que son capaces de hacerles unos seres humanos a otros?»–

Sin querer definirse así, considera que guarda algo dentro de sí de esa niña callada, observadora y estudiosa que fue. 

–¿Prefiere no hablar del mal?

–No es que lo prefiero, es que no puedo. El mal son muchas cosas: la perversidad, la muerte, los sufrimientos. Creo que pude hacerlo en mi novela Historias de la marcha a pie, que está en relación a la época de mi vida en que daba clases en la Universidad en los 80, cuando murieron muchos jóvenes de HIV. En la novela aparecen unos personajes que tienen esa enfermedad. Ante ese tipo de sufrimientos sí puedo escribir. En los últimos años me cuesta más, y creo que tiene que ver con lo que vivimos. 

–¿Puede adelantar algo sobre su nueva novela?

— Estoy trabajando en una novela que está prácticamente terminada. Por el momento, tiene de título Vamos, venimos. Es un ir y venir de aquí para allá, por las razones que sean. Puede ser porque alguien se fue a estudiar afuera, o alguien se separa y se va a vivir con la mamá.

–¿Cuáles serían los lugares a dónde usted volvería?

–En fantasías, a muchos sitios, pero en cuerpo presente a ninguno. Siento que hay un cierto cansancio. Es más del ir y venir de los jóvenes 

— ¿Cómo percibe a la juventud venezolana?

–Los jóvenes con los que trato están ligados al mundo de la literatura, ya sea porque trabajan en revistas, en librerías o son estudiantes de letras o comunicación social. Cuando hablo con ellos veo una gran avidez de conocimiento, de saber, y veo que tienen buena lectura, pero no sé si me estoy refiriendo a un grupo pequeño. Hablar con ellos me satisface, algunos son grandes lectores y uno los puede admirar. Esa tarea de tratar de mantener la cultura me parece  buena e importante. Algún día se verán los frutos.

–¿Cómo se sintió con el homenaje, qué le pareció el Festival, la gente, la plaza?

–No es la misma plaza de hace un año, las cosas han cambiado mucho. Creo que hay que admirar que ellos hayan logrado hacer el Festival de la Lectura con tantas dificultades. Habían personas de la zona, caras conocidas. Estudiantes, escritores, amigos jóvenes y no tan jóvenes, eso te hace sentir a gusto porque son días muy terribles para desplazarse a visitar lugares.

–¿Algún autor o artista que tenga su admiración?

–Muchos, del presente y del pasado. Siento una gran admiración por Andrés Bello, por ejemplo. Él perdió varios hijos, pasó muchas penurias pero también tuvo a personas que lo ayudaron. Uno siente admiración por los que saben, por los que a pesar de todas las dificultades no pierden el rumbo. Eso es admirable en artistas, intelectuales, científicos, bailarines, hasta en los rockeros.

— ¿Considera que como a Andrés Bello, usted ha tenido a personas que la han ayudado?

–Pienso en los pocos amigos y amigas que me leen, estimulan y consideran que yo debo escribir. Si yo obtengo un pequeño reconocimiento pienso siempre: «¡Cónchale, qué importante!» no sólo por mí, por mis amigos que tuvieron fe en mí, todas las personas que creyeron en mi. No fueron toneladas, pero en lo particular, no me hace falta mucho.

Victoria de Stefano. Foto: Edisson Urgiles