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W o y z e c k

Con bemosles, en Woyzeck Orlando Arocha ensaya la experiencia colectiva en la dirección de teatro

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La nota de prensa reza lo siguiente: “La obra está dirigida por 12 jóvenes directores egresados del Taller superior de puesta en escena dictado en el 2017  por Orlando Arocha, quienes por un lapso de diez meses estudiaron y analizaron  los diferentes elementos que componen la puesta en escena teatral como dramaturgia, diseño, espacio y dirección actoral. De tal manera Orlando Arocha, Aitor Aguirre, Jan Thomas Rujano, Armando Díaz, Rafael Barazarte, Carlos Fabián Medina, Leonardo Mendoza, Jesús Carreño, Pedro Borgo, Abel García, Julián Izquierdo Ayala, Kevin Jorges y Anibal Cova llevan la gran responsabilidad compartida de la dirección de este clásico alemán”

Inevitablemente la pregunta que cabe es ¿para qué Woyzeck? El proceso de selección de la pieza responde a un viejo interés por parte de Orlando Arocha, en este interesante clásico alemán.  Un esfuerzo que me resulta loable en el contexto, de producción teatral, en el que se encuentra el país. Lo que me genera dudas es, si la apuesta es la formación de jóvenes directores por qué apuntar hacia lo colectivo, por qué no darles un espacio para la exhibición de su lenguaje personal y sus búsquedas individuales. Me hace dudar porque no se hizo evidente ni una cosa ni otra, es decir, no vimos el trabajo de cada uno de ellos mostrado de forma evidente ni la solidez discursiva de un trabajo cohesionado.

Los directores dan cuerpo a una estética o a una visión que, el experimentadísimo, Arocha ha trabajado por años. La idea del rancho, los militares, el poder inapelable y el ejercicio de la violencia. Ahora bien, ¿esa es la intención en un trabajo colectivo como este?, ¿estamos ante un proyecto de formación que impulsa una propuesta estética que busca renovados ojos para hacerse de un cuerpo multiplicador? En todo caso me parece interesante que, un director del criterio formal, de Orlando Arocha emprenda una búsqueda creativa que lo conduzca a su reinvención y reformulación discursiva.

La pieza aborda temas  que se emparentan con nuestra cotidianidad, la rigurosa dieta a la que es sometida el protagonista y el experimento social conducido por militares tan mediocres como despiadados.

Resulta evidente que la tarea del teatro nunca ha sido la de reflejar la realidad sino mostrar una visión de ella y con esto quisiera dar respuesta a la pregunta inicial, para qué Woyzeck. Es pertinente en nuestro ámbito porque da cuenta de las consecuencias de un proyecto sociopolítico corrupto y nefasto. En este caso, la propuesta escénica apunta a los mecanismos que moviliza el gobierno revolucionario. La postura ideológica es clara y comprometida, lo que resulta necia es la utilización directa de algunos elementos que hacen que la pieza descienda en su carácter universal hacia lo panfletario, porque es innecesario mostrar al muchacho con el “bolsito tricolor” o a los soldados entonar consignas políticas, son datos redundantes que no aportan nada y le dan al espectador espacio para la comodidad mental.

Más allá de que estos elementos desluzcan el trabajo, no con ello quiero significar que sea el tono general del montaje. Hay un par de ideas, al menos que me gustaría rescatar de este texto dramático y que resuenan en la puesta,  a la luz de algunos recursos empleados en el dispositivo escénico. En primer lugar, me resulta esclarecedor y abrumador, al mismo tiempo, una afirmación que hace uno de los militares: “He ido a la guerra para confirmar que amo la vida”, y más adelante continúa, “es un sentimiento arraigado de querer matar gente, si no lo tuviera de qué viviría”. La lucidez de Büchner, en este sentido, es pavorosa: la muerte de los otros es lo que le da sentido a su existencia porque al cosificarlos e identificarlos como sus enemigo justifican el círculo de la violencia. En segundo lugar, me gustaría referirme al soldado Woyzeck, ¿es la situación la que lo constriñe a estar allí, a asumir este rol? Pareciera que él está sumergido en una espiral de violencia que lo anula como individuo y lo impele a continuar con este proceso de desgaste físico que lo arrastra a la irracionalidad. Ahora bien, ¿él no tiene opción?, ¿por qué sigue allí? Creo que su pensamiento estaba limitado por las condiciones a las que había sido sometido, pero no olvidemos que entró voluntariamente allí.

Nosotros también entramos voluntariamente en este experimento. La propuesta es clara en ese sentido, lo que me niego a pensar es que estamos condenados a vivir como personajes, sin posibilidad de modificar nuestro destino. Nosotros no somos Woyzeck, no del todo, al menos. Aún podemos aspirar a cambiar, aún podemos elegir la realización de nuestra libertad. No es tiempo para la evasión.

Para mí es muy interesante, que ese ejercicio reflexivo que el texto dramático propone en torno a la colectivización o -en todo caso- a la homogeneización de los individuos en una masa informe que deseche la existencia de individualidades; sea precisamente el punto de partida para una experiencia de creación colectiva. ¿Cómo nos habla eso? Tengo la sensación de que la crítica, expresada por el montaje, se redimensiona sobre sí misma.