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Y nos pegamos la fiesta; apuntes para una relectura

Este artículo del documentalista y escritor Roberto Renán, se desliza, capta y pone en relieve , los aspectos esenciales de " Y nos pegamos la fiesta" de Víctor Alaracón. Renán elige una información que conduce también a las fuentes literarias que nutren a Alarcón pero pone el énfasis en su originalidad e ironía a la hora de narrar los personajes de su libro.

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Acabo de leer de un tirón Y nos pegamos la fiesta, cinco cuentos del venezolano Víctor Alarcón que, bajo el título del último de ellos, fueran reconocidos en el año 2012 con el Premio Oswaldo Trejo de Cuento, de la editorial Equinoccio.

Cinco historias de personajes de la llamada generación snowflakes[1], si se quiere, ciudadanos de la web, que, a través de peripecias más o menos sentimentales, se deslizan entre el humor y la parodia hacia un desenlace de aspecto trágico, que no implica precisamente el fracaso; más bien un éxito de segunda, bastante parecido a la vida.

En ellas, una dupla cervantina invariablemente: un narrador-testigo, con mucho de Sancho en su mirada, va consignando las peripecias de un protagonista, condenado de antemano ‒al menos en las tres primeras: Carlitos Fon; El Ale, y La ballena Negra‒ a un peculiar purgatorio cuyos giros han sido esbozados según zonas específicas del imaginario de la cultura de masas: los mitos “lovecraftianos” de Cthulhu; los muertos vivientes; el misticismo a lo Sai Baba; en tanto que ellos mismo ‒los narradores‒ permanecen en el discreto infierno que en ningún momento ha dejado de ser la chata realidad desde la que cuentan. En las dos últimas, por el contrario ‒Saly, el judío errado, y la que presta su título al libro‒ esta ecuación se invierte y, ni los mundos épicos de la fantasía heroica, o el virtual, de Assassin’s Creed, son capaces de conjurar ese infierno en el que los protagonistas sólo se hundirán un poco más: el de la guerra en el Medio Oriente, por un lado; el de la locura, por otro, que termina en la última historia por contaminar al narrador.

Imagen de monstruos que pertenecen a la mitología de Lovecraft

Es allí, por cierto, en esa estructura laberíntica de Y nos pegamos la fiesta, que intenta reproducir la forma de las pesadillas que experimentan una y otra vez sus personajes, donde el lector pudiera sentir que el corpus narrativo empieza a disgregarse, y que su autor lo cierra con tino.

No mucho más extraña a este cuento de sus hermanos, como no sea el breve monólogo interior con que se abre, uno de los pocos momentos en todo el volumen en que el narrador cede la palabra, y por tanto el deber de contar, a uno de sus personajes, así sea por un instante.

De hecho, me atrevería a afirmar que, gran parte de la eficacia de estos cuentos radica en la cuidadosa elección de este narrador-testigo, uno de los que mejor se ciñen a las necesidades de la forma, si nos remitimos a un texto ya canónico de su teoría:

“La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad; pero a esa noción se suma otra igualmente significativa, la de que el narrador pudo haber sido uno de los personajes, es decir que la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior…” (Cortazar, Del cuento breve y sus alrededores, 1969).

Recomendación que, al parecer, Alarcón sigue al pie de la letra.

Así, estos narradores, estudiantes de maestrías en Barcelona, heteros y homosexuales, pichones de escritores y hasta un percusionista caraqueño, le prestan al autor su voz particular cada vez ‒y cómo no, su ideología, su visión del mundo‒ para desarrollar los ambientes en que discurren estas historias. Porque no es sobre el fondo de Barcelona o Madrid, de Caracas o el DF en sentido estricto sobre el cual se definen sus personajes, sino más bien en las voces de sus narradores que crean atmósferas paródicas, grotescas, oníricas… al lado de las cuales, la ubicación geográfica resulta poco menos que accesoria.

En ese sentido destaca el tratamiento de lo grotesco, casi lo siniestro ‒aventuraría‒en La ballena Negra. Veamos un fragmento:

Volví a abrir la habitación para dejar salir el aire como si fuera un humo espeso, encendí la luz y lo vi todo, si es que tanta carne cabía dentro de mis pupilas. Sobre la cama de Leo estaban la serie de cauchos que componían el inmenso cuerpo de la ballena negra, además estaban sudados de calor y de agite, mientras sus extremidades parecían recogidas para agarrar, no, más bien, engullir algo que tenía por debajo. De la parte inferior, después de la inmensidad de las nalgas gelatinosas, salían dos piernitas delgadas que se agitaban de felicidad, supongo, aunque por un momento, mientras trataba de digerir la gigantesca imagen que se me aparecía enfrente, me pareció que se estremecían en un frenesí de terror y ahogo, como si no pudieran respirar.

No en vano este personaje, Nena, esta maravillosa “Antimiss” por antonomasia, ‒arquetipo indispensable de las letras venezolana, diría yo; contrapeso de una realidad determinada por los concursos de belleza y las cirugías estéticas‒, se queda con nosotros una vez terminada la lectura. A un servidor no puede evitar recordarle, por supuesto, a la magnífica Freddy, modelo a su vez de La Estrella de Tres tristes tigres, inspiración que el propio Alarcón reconoce.

Guillermo Cabrera Infante autor de  Tres Tristes Tigres  conversa con Víctor Alarcón

Algo por el estilo sucede con el personaje de Saly, el judío errado; uno de los mejores momentos del libro. Saly es un joven apocado, bufonesco, perfecto ejemplar de la generación snowflakes, por cierto: blandengue y sensible al abuso, que vive sumido en un mundo de fantasía, del cual las inclemencias de la realidad ‒un simple rito de pasaje acaso para un joven de otro tiempo‒ echan a patadas; pero que no se resigna a la esquina y la paliza, sino que devuelve el golpe de la peor manera, trepándose a la bestia roja de la guerra.

Leemos en esa historia:

Allí lo tenía, el cuadro completo del judío errado; las sospechas que Mario y yo teníamos pero no asegurábamos por parecernos inverosímiles, estaban confirmadas. Esa noche completé la imagen de Salomón Nissnick: un judío rubio y cojo obsesionado por cuanta historia maravillosa y nórdica se le pusiera enfrente que, además, era virgen. Así estaba pasando la noche del viernes con quien sería, muy probablemente, el único virgen de veintitrés años de toda la ciudad. Pensé que lo más adecuado sería pagarle una puta.

Es el humor, obviamente, un humor cosechado acaso en las novelas de Cabrera Infante y los cuentos de Bukowski, uno de los ingredientes esenciales de la sazón de Alarcón, una sazón fresca y alejada de convencionalismos que no te permite abandonar el texto llevando la cara larga.

En la foto de Roberto Renán, las portadas de Y nos pegamos la fiesta y el libro de poesía Mi padre y otros recuerdos de Víctor Alarcón

Disfrutémoslo en Carlitos Fon, el cuento inaugural del volumen:

No había pasado una semana desde que había llegado cuando me llamó Isabella para decirme que quería verme. Le dije que sí, por qué no. Nos vimos, fuimos a cenar, nos reconciliamos, nos besamos, terminamos en un motel de la Panamericana y al día siguiente, después de dejarla en su casa, borré su número de teléfono.

Y sigue este breve hilo de trama:

Cuando la veía haciendo su dramatismo fácil frente a mis estudiantes o mis colegas, o evitando que cerrara la puerta del carro, o llamando constantemente a mi casa, o asegurándose que mi mami me dijera que volviera con ella, comprendía por qué en Venezuela había tanta telenovela. ¿Cómo lo solucioné? Me cogí a su mejor amiga y a su hermana. No entiendo cómo no lo vi antes. Además fueron más fáciles de lo que esperaba.

No quisiera terminar estas notas sin referirme, así sea brevemente al modo en que opera lo fantástico en algunos de estos relatos, que, por otra parte, tan realistas se nos antojan. Si bien en Carlitos Fon, la suerte de este podría explicarse a partir de su adhesión a determinado culto freak de moda, la metamorfosis en El Ale, y las pesadillas compartidas en Y nos pegamos la fiesta no admiten sino una genealogía fantástica. Claro que, en esos casos Alarcón procede también según recomendaciones del maestro, y elabora lo fantástico de modo que irrumpa en “el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio” .

Creo que es al gran T. S. Eliot a quien le debemos la idea de que, de un escritor vivo sólo es posible hablar en términos de autenticidad o no, que la prueba de su grandeza es decisión del tiempo. Por ello me abstendré de ponderar mucho más las virtudes de este pequeño libro, al que autenticidad al menos puedo garantizar que no falta. Como no falta en el primer poemario de su autor: Mi padre y otros recuerdos ‒acreedor del Premio de Autores Inéditos de la editorial Monte Ávila en el año 2008‒ que ya sostiene la lectura de una década, y con una muestra del cual me gustaría despedirme. Aquí el tono es otro, desde luego, es el sujeto lírico y no el narrador, quien habla:

Soñé que moría la noche anterior a un domingo. Al día siguiente nadie extrañaba mi presencia sobre la cama, cerraron la puerta de mi cuarto y me dejaron con el perro para no ser molestados. Con el paso de las horas nadie se acordó de mí, ni siquiera el perro que se acostó a temblar la muerte de otro. Mi cuerpo se fue desvaneciendo entre la niebla y las sábanas quedaron revueltas con mi partida. Mi madre olvidó que alguna vez tuvo un primogénito y mi hermano siguió visitando mi cuarto, visitando las pistas de algo olvidado. Me dediqué a transitar la casa observando los cuadros donde no aparecía. Vi a mis primas, a mis tías y a mi madre; descubrí mi muerte como un recuerdo perdido.

 

[1] Expresión al parecer originada en la siguiente frase de Fight Club, la conocida novela de Chuck Palahniuk: You are not special. You are not a beautiful and unique snowflake. Ha terminado utilizándose para referirse despectivamente a los frágiles jóvenes de estos tiempos.